Opiniones

"El Periódico digital para el sur de Córdoba"

De lecturas y proyectos

Reconozco que no soy muy dado a socializar. Quiero a mi familia y también a mis amigos, que son pocos, aunque bien escogidos. Me gusta estar con ellos, y ojalá pudiera estar más. Pero no soy de los que deambulan por el mundo buscando a gente a la que conocer, ni siquiera tengo cuentas abiertas en redes sociales, salvo una específica por cuestión profesional. No sé… Quizá sea que calo pronto a las personas, o que creo hacerlo; quizás éstas me hayan decepcionado o herido, cuando no lo esperaba; quizá sufra cierta tendencia hacia la misantropía, cuestión que, igualmente, he reconocido en alguna ocasión; quizá sea por pereza; quizá sea debido a que mi tiempo de ocio se focaliza en actividades, como son la lectura, la escritura y el cine, no siempre compatibles con una vida gregaria. No es que desprecie la socialización, sólo que no es prioridad o causa de ansiedad o inquietud.

Por ello, agradecí un par de opciones que, motivadas por un cambio en mi situación personal, que ahora no viene a cuento, me dieron a modo de consejo para hacer nuevas amistades. Me sugirieron, entonces, conocidas mis salidas callejeras a correr, que me apuntara a un club de atletismo o de maratón. Lo de correr lo adopto como medio para mantener la forma física, y la verdad, se me hace muy cuesta arriba (perdóneseme el simplón juego de palabras), el estar viajando los fines de semana alternos de un pueblo a otro para participar en carreras populares, con todos mis respetos a quienes disfruten tales eventos. Como segunda opción, me propusieron otro club, en este caso, de lectura. Aplaudo con fervor cualquier iniciativa destinada al fomento de la lectura, y no existe mejor práctica para el desarrollo crítico que comentar o debatir en grupo en torno a la lectura de un libro común. Lo que ocurre aquí es que, amén de que las horas y el esfuerzo dedicados a la ocupación laboral podrían impedirme concluir la obra de turno en el tiempo estipulado, soy (de nuevo, el problema es mío) algo particular, si de lecturas se trata, pues tiendo a concentrar mi interés más en el continente que en el contenido (¿o será al revés?). Quiero decir, o teclear, que disfruto de una buena historia como el que más, si bien, ya desde hace años, necesito que el autor me muestre un talento para la sintaxis, un cuidado por la morfología, una preocupación por la gramática. No todo me vale. Necesito, durante la lectura de la obra oportuna, que la narrativa me transmita esa armonía de las palabras que ha de emerger de cada página impresa, sentir el compás del conjunto artístico vibrante en cada línea gráfica, como las bellas ondas musicales de una orquesta sinfónica perfecta. Y necesito aprender. Y necesito la exigencia de voluntad y sacrificio intelectual en la labor morfosintáctica.

En su momento, me deleité con lecturas policíacas, históricas, de suspense o de aventuras; incluidos los conocidos como best seller. Y sigo deleitándome con muchos de esos títulos. Christie, Poe, Dumas, Pérez-Reverte, Sabatini, Conan Doyle, Leblanc, Fleming. Los clásicos españoles del siglo de oro siempre serán eternos. Nunca he sido, en cambio, mucho de cómics; no obstante, y certificado en artículo reciente, mientras vivieron Goscinny y Uderzo, las peripecias de Astérix y Obélix las mantuve al día, o casi. Hoy, por suerte o por desgracia, hay narrativas con las que ya no puedo comulgar, no me encuentro capacitado o carezco de la predisposición de ánimo que el trabajo requeriría.

Por ejemplo, soy reacio a los autores extranjeros, aun habiendo leído a muchos, como Hugo, Wilde, Hemingway, Scott Fitzgerald, Stendhal o Wolfe. A pesar del esmero de los traductores españoles, y los hay brillantísimos, considero que a los escritores hay que leerlos en su idioma original, que la intermediación del traductor resta espíritu al texto creado por el autor, resta vigor e intencionalidad, resta genio y competencia. Lecturas en idioma original, en la medida de lo posible, claro. Tampoco hay que ser un radical extremista, ni enrocarse absurdamente en pasar por este mundo perdiendo la lectura de joyas literarias, porque, entre leer y no leer, habrá que inclinarse por lo primero; razón por la cual vuelvo a claudicarme al reconocimiento público y manifestar mi reverencia hacia autores como Dostoyevski, bajo traducción, por supuesto. Asimismo, llevo años con el proyecto de abordar a Dickens, al menos, algunas de sus obras más relevantes, sin terminar de introducirme en el tema.

En cuanto a autores españoles, no será novedad, para el reconocimiento y reverencia hacia su lectura, que teclee nombres como Pérez Galdós, Valle-Inclán, Larra o Clarín; con el eterno proyecto (otra vez proyecto eterno) de Blasco Ibáñez o Gómez de la Serna. Pulsando cierta proximidad, Marías (Julián), Umbral, Delibes o García Márquez (mejor que Vargas Llosa, para mi gusto y con mis disculpas al maestro); con el proyecto (¡malditos proyectos!) de Torrente Ballester y títulos pendientes aún, respecto a los demás. Para la actualidad, juraría que tengo prácticamente completo a De Prada, y continuando con la sinceridad apostillada desde el principio, no descubro narrador activo que me satisfaga en idéntico grado.

Procuro, de Pérez Galdós, adquirir y leer una obra nueva cada año (la ingente extensión de su bibliografía impone sobremanera), excepción hecha para este año, en el que he proyectado (¡la perversión de los proyectos!) recuperar, en testimoniales dosis, los títulos de sus Episodios Nacionales, sin lograr, para mi desgracia, los objetivos previstos, al adentrarme, después de una década, en la trilogía de los mosqueteros de Dumas.

Proyectado queda, finalmente, un conjunto de ensayos históricos sobre los siglos XVI y XVII, que, preparaditos en casa, caerán sí o sí en breve. A costa, ¡oh, crueldad infame!, de la narrativa literaria, catalizador mi propia supervivencia.