Opiniones

"El Periódico digital para el sur de Córdoba"

El odio es las mil formas que tiene la mentira

El odio es las mil formas que tiene la mentira en irresponsabilidad, en no saber valorar, en desentenderse de la realidad o de la conciencia, en excusar siempre todas las acciones, en buenizar siempre todas las conveniencias, en no colaborar con un civismo mínimo, en callar lo injusto o las injusticias, en resistirse a la indignación de tantas complicidades con algo indecente y en no reconocer claramente qué y quién da lo esencial arriesgando sus recursos y su pellejo.

El odio es el rechazo a algún bien, es el veto a alguna conciencia o el veto a algún esfuerzo racional o equilibrado, es la truculenta zancadilla a alguna honestidad o a alguna no hipocresía, es la doblez o la sucia especulación o el no evitado engaño, es la usurpación de lo que no corresponde dignamente a alguien, es el crearle miedos a los demás o el crearles problemas innecesarios a los demás, es el atribuirse tener algún respeto que jamás de los jamases es verdadero respeto,  es esa miserable negación de ayudar al que da ética a la sociedad o razón o claridad de algún tipo insobornable.

El odio es el confundir a los demás sus caminos, es el confundir lo que es correcto, es el confundir lo que es sano o equilibrado, es el confundir lo que es serio (objetivo) o consecuente con la realidad, es el confundir lo que siempre tiene una máxima prioridad, es el confundir lo que es información o desinformación, es el confundir el sentido real y solo real de todas las cosas.

El odio es tanto, un desalmado provecho que se hace del utilizar la cultura para unos intereses de estética, de egocentrismo, de partidismo, de comercialización, de premiación o de sobreprotección excluyente.

El odio es el no facilitarle la esperanza a la pobre decencia, el no facilitarle la esperanza al buen entendimiento, el no facilitarle la esperanza al verdadero esfuerzo que se hace únicamente sin ayudas de nada, el no facilitarle la esperanza al vivir honrado o al no derroche de los recursos públicos o el no facilitarle la esperanza a la libre libertad de los pueblos o de personas oprimidas o calladas o explotadas por algo.

El odio es el olvidar la vida, sí, es el olvidar a los demás, sí, es el olvidar a los que sufren y a los que aguantan injusticias, sí, es el olvidar al que grita su dignidad no escuchada, sí, es el olvidar a los que no tienen voz, sí, es el olvidar a los que no cuentan para repartir esos derechos o esos espacios a protagonizar de la humanidad.

El odio es también el negar, es el negar lo que existe o lo que es meramente real, es el negar lo que está demostrado a muy limpia razón, es el negar lo que soluciona cosas ¡pero de verdad!, es el negar lo que amanece o lo que anda o lo que respira o lo que vive.

El odio es, ¡sin duda!, lo que no se desprotege de tanto entretenimiento vacuo, es lo que no se evita al fin de tanta estúpida demanda de eso que no necesita la humanidad (pero sí se permite las veinticuatro horas al día en desvergüenza), es lo que no se pone ya en evidencia de que es solo vanidad, vanidad sobreprotegida, ¡exacto!, es lo que se consiente siendo necedad o cinismo.

El odio es muchas cosas, en efecto, que solo tienen caminos para agradar o para acomodar al mismo odio, es gran pericia de todas las pillerías y de todas las caras duras, y es además un consentir que siempre sean felices los mismos tramposos o los mismos narcisistas (en ocupar ellos solo todos los espacios sociales) que se pueden encontrar... sin querer uno jamás haberlos encontrado.