Opiniones

"El Periódico digital para el sur de Córdoba"

El prestamista, de Edward Lewis Wallant

El prestamista, de Edward Lewis Wallant, gruesa elocuencia introspectiva. La capacidad del ser humano de expiar la culpabilidad sobrevenida, tras sobrevivir al horror del genocidio judío.

La literatura en ciertas ocasiones no muy habituales, nos reporta a los lectores un estado de plenitud ciertamente inefable. Ésta, la plenitud, crece sordamente en nuestro interior conforme la lectura de la obra va precipitándose de forma aparentemente imperceptible, como  llovizna o calabobo. En esa relación de tú a tú con los libros, no transcurren demasiadas páginas para tener conciencia que nos enfrentamos a una obra de mayor o menor entidad. Sin embargo ese estado de gracia lectora del que hablo, no se halla salvo con aquéllas que nos sacuden de pies a cabeza en grado suficiente para perseverar en la lectura, colmarla de satisfacción y calmarnos la ansiedad degustandola, antes de consumar el expectante final. Aunque hay una gradación más que se resiste a esos parámetros. En esos contados casos, la personalidad del texto modula de tal manera el ritmo y pulso de la novela que no da tregua, en tanto en cuanto nos interpela, obligándonos a levantar la vista del texto y quedar con la mirada abstraída y el pensamiento meditabundo.

El prestamista -Libros del Asteroide. Traducción y prólogo de Eduardo Jordá- deja intacta las vestiduras sociales de los personajes  que palpitan en sus páginas, para incursionar en los habitáculos oscuros de la conciencia. Las tragedias individuales que deambulan precipitadamente por la casa de empeños regentada por Sol Nazerman, perfilan las coordenadas existenciales de la exclusión. Atracados sobre el mostrador como barcos desvencijados, muestran las inútiles pertenencias o los objetos robados para ser ponderados por el taciturno judío o por su ayudante y aprendiz, el extrovertido hispano Jesús Ortiz. Nos encontramos en la calle 125, de East Harlem, barrio neoyorquino. La vida que retrata el autor nos produce cierto desasosiego. Trazas de un tiempo de miseria y desolación, encarnado en los rostros difuminados de una clientela que es ajena al drama que vive en silencio el tasador. Comercian el valor de la inutilidad de los utensilios que portan como si fuesen exvotos, pues el propio prestamista se considera así mismo un cadáver en pie. En cierta manera son restos del naufragio de sus vidas, que depositan en aquel lugar donde "Todos los relojes zumbaban o marcaban el tictac de un tiempo anónimo". Es el tiempo sin acontecimientos, sin vida.

El pasado vomita dolor. Un dolor soterrado en la memoria infame que persigue implacablemente a Sol Nazerman. Apenas le deja conciliar el sueño que, en no pocas ocasiones,  se transforma en pesadilla. Y en la que describe con pasmosa naturalidad el horror de los campos de exterminio nazi. En los que murieron, entre otros, 6 millones de judíos. Escenas en las que el pavor  se clava con punta de acero y sentimos que algo se retuerce dentro de nosotros. Allí perdió a su esposa e hijos. Allí olvidó seguir viviendo. Sobre sus hombros descansa la tormenta de la que no puede guarecerse ni encontrar alivio. La tristeza se ha instalado de forma permanente en su día a día. De esa manera sobrevive, sin vocación de futuro, sobrepasado por la culpa que rumia constantemente por no haber muerto también. No hay expiación posible. De ahí que reflexione de forma descarnada sobre la realidad que le consume. Es consciente de ello, pero es áun mayor la desesperanza:"Y entonces se daba cuenta de que el núcleo de la vida, para él era aquello que tenía delante y que ahora se manifestaba con todo su poder: una realidad brutal, desdichada y codiciosa. Así que debía aferrarse a aquella dura realidad como si fuera una roca que le despellejaba las manos en medio de un remolino y lo dejaba  aterrorizado, furioso y sin ninguna esperanza". Los penosos recuerdos van trenzando el carácter adusto, severo y desdeñoso que emplea con sus clientes, con su familia, con el mundo. El espanto que experimentó en sus propias carnes, le hace desconfiar de todo y de todos. "Ojalá la tierra tenga suerte y todos sean estériles", reprocha a sus clientes a quienes no  aguanta. Y de quienes se ríe con mandíbula fúnebre. La risa desquiciada de quien transita por una locura pasajera. Es la consumación del mal. La risa del diablo. Es la horrenda evocación del historiador checo Otto Dov Kulka, cuando describe los recuerdos infantiles de su paso por Auschwitz y que dan título a su reciente obra, Paisajes de la metrópoli de la muerte.

Ejerce su tópico oficio en tal estado estado de bancarrota emocional que no le permite mantener una mera equidistancia moral con el delito ni recuperar su vocación académica ejercida en la Universidad de Cracovia antes de la guerra. Se encuentra atrapado por la total y absoluta indiferencia frente al presente más inmediato, y con un obsesivo empeño en preservar su intimidad, "Que los Murillio de este mundo hiciesen lo que quisieran, con tal de que no le exigiera ningún compromiso y de que dejaran tranquila su intimidad". Es una manera de alejarse del mundo permanecer en el más absoluto anonimato, "No me importa el futuro". Se alía con Alberto Murillio, un ganster que campa a sus anchas,  que lo utiliza para el blanqueo de dinero. Aunque  Nazerman tiene una visión muy personal de esta relación y el beneficio económico que contrae, con el que costea su casa en un barrio residencial, Mount Vernon, donde guarda distancia con el resto de la mundo. Y en la que se hospeda con la familia de su hermana Bertha, a la que ayuda economicamente. La relación con éstos es practicamente inexistente, "La simpatía resbalaba de aquel hombre como agua por la porcelana". Su carácter huraño rehuye de las poses educadasy artificiales de los que componen su círculo de parentesco, en su afán de obviar el pasado y asentarse definitivamente en la sociedad norteamericana. "Y lo mismo que ellos podían subsistir gracias a él, él, a su vez, solo podía subsistir gracias a Albert Murillio. Si le sigues la pista a algo,  al final siempre acabas encontrando basura".

Preciada y definitiva obra en la que culpa y expiación sobrevuela cada uno de los universos humanos que la componen. La revitalización del presente no encuentra acomodo mientras el pasado pese como la losa de una tumba, y  mantenga su indeleble marca en el destino de cada ser humano. El superviviente del genocidio judío no concibe que la vida le haya dado la oportunidad de continuar disfrutando de cada amanecer. Los recuerdos se amontonan como túmulo de cadáveres y disponen esa pregunta sin respuesta ni compasión que martillea sus sentidos. El sufrimiento se resiste a cicatrizar. Es carne viva pero tumefacta. Sólo la humilde dimensión del ser humano en aceptar su fragilidad, logra resquebrajar la piedra en que convierte su corazón y restañar las profundas heridas que lo desangran.

Edward Lewis Wallant es un perspicaz contador de historias. Hurga con sapiencia en la sensible definición que cada ser proyecta para sí y los demás. La contenida expresión es precisa y ajustada para condensar emoción y reflexión, no sin cierto preciosismo psicológico que transmite subliminalmente. Se nutre de una observación milimétrica sobre el acontecimiento íntimo de los personajes. La atmosfera de sus descripciones expresa la presencia poderosa de sus protagonistas. Nos atropella con la aparente, recurrente y vehemente  intromisión al condensar estilo y naturalidad. Apenas sin esfuerzo acomoda al lector, de forma y manera atenta y minuciosa, en  la parte velada de los personajes. Una vez adentrado en ellos, se intensifica el proceso de absorción. La lectura evoluciona con sus propios enigmas que incorporamos inconscientemente para sí. He aquí la grandilocuencia de un trabajo literario que brota en la sedienta pupila del lector como alfaguara, El periodo estacional en el que se desarrolla la historia -el estío-, agudiza la orientación de sofoco y asfixia. La porosidad de la ciudad exuda ese ingrato sudor a desconsuelo que se acrecenta con el aniversario de la muerte de su familia. Lo que suma grima, incertidumbre e inquietud en las jornadas previas a aquélla, acusando el golpe. La aparición de Marilyn Birchifield y su posterior acercamiento, aunque no procuré un cambio de actitud en él, "Tendrías que ir a la cárcel por necrofilia: es obsceno amar a un muerto". Filtra ese halo de novedad por los resquicios del alma -en los que la apenas queda conmiseración- y los desentumece. El gesto último y definitivo de Jesús Ortiz, es trueno que rompe el mutismo del drama individual para hacerlo fraternal.

Eduardo Jordá realiza en el prólogo un valioso acercamiento literario y humano a Edward Lewis Wallant. Un verdadero acierto esta  mirada del escritor mallorquín como preámbulo a tan magnífica novela. El recorrido por el barrio que es paisaje urbano de la historia, el desconocimiento de la vecindad sobre el autor, que desvelan las preguntas en su paseo por aquél, y la cita con una de sus hijas, Leslie Wallant, es un homenaje sentido y escrito con la afinidad admirativa hacia un escritor de reducida trayectoria por su prematura muerte, pero de elocuente introspección. Obra redescubierta en la cuidada edición en español de Libros del Asteroide. Un primer plano que también recoge la versión cinematográfica, dirigida por Sidney Lumet, estrenada en 1965, con la sobria e impecable interpretación de Rod Steiger, en la que el jazz aporta el agudo filo que troquela las imágenes en blanco y negro de la soledad.

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