Opiniones

"El Periódico digital para el sur de Córdoba"

El mundo está en cuidados paliativos

La izquierda recibe quimioterapia por los duros golpes que le asesta quien dice representarla. No es un tumor benigno, es un cáncer con metástasis.

Vivimos en la era de los falsos testimonios. Donde vemos feminismo, en realidad hay reparto de prostitutas. Donde vemos promesas, en realidad hay mentiras. Donde vemos información, en realidad hay sesgos. Donde vemos democracia, en realidad hay corrupción.

Una gestión marcada por leyes contradictorias, falso e insuficiente crecimiento económico, pérdida de prestigio y lo peor de todo, el resentimiento de los españoles.

En un mundo donde la ultraderecha está en auge, la izquierda debe ser una opción, no una decepción. Todo esto genera pérdida de fe en la democracia y fácil influencia de los discursos simplistas de la extrema. Así, grupos incendiarios surgen y tienen éxito, porque se busca un cambio. Y si el centro no está a la altura de las circunstancias, el mundo pasará a polarizarse como si de fútbol se tratara.

Es muy preocupante las pocas opciones que le quedan al futuro de la democracia española: mientras unos dividen, otros traicionan; y mientras estos traicionan, aquellos se acomodan.

No se trata de prohibir ninguna ideología política, pero sí de analizar sus consecuencias y sobre todo, sus causas. La extrema derecha surge como la filosofía, de la necesidad de una respuesta. Sin embargo, mientras esta última tarda siglos en deliberar, la extrema derecha vomita soluciones simples a problemas estructurales. Entonces, cuando una población quemada por la corrupción de ambos polos y sin capacidad crítica escucha discursos populistas, infundados y sesgados les siguen como un marinero el canto de una sirena.

Es importante destacar también el carácter emocional del triunfo de estas corrientes, normalmente seguidas a ciegas por los adolescentes.

Primero de todo, en lo único que no usamos plenamente la razón es en el control de las emociones, creciendo este manejo de la mano de los años. Es decir, un niño de cuatro años tiene menos capacidad de manejo emocional que un hombre de cuarenta y tres. Así, los discursos extremos apelan a los sentimientos, buscando cualquier recoveco para incrustarse en el cerebro y ganar votos.

Segundo, la adolescencia es una etapa de búsqueda de identidad. De esta manera, los adolescentes buscan la inclusión en un grupo, aunque para ello tengan que adoptar “maricón” como insulto o “Viva Franco” como grito eufórico. Es decir, ¿qué no sabes quién eres?, la extrema te da un grupo y te recuerda a qué perteneces, con un discurso tanto nacionalista como hipócrita. Además, en lugar de proponer medidas y trabajar en un análisis exhaustivo; condenan, odian y dividen: un nosotros contra ellos. Divide et impera (“Divide y vencerás”), decía Julio César.

Por último, es muy importante destacar el carácter catalizador y unilateral de las redes sociales, donde el odio y los adolescentes son la moneda de cambio. Es por eso que la falta de educación en el pensamiento crítico y en el buen uso de las redes sociales derivan en auges como estos que comprometen de lleno el futuro de la democracia, más aún si le sumas traición en el centro.

Vivimos en un mundo con un falso capitalismo, con una comprometida meritocracia y con trajeados llenándose los bolsillos a costa del sudor y de la sangre de muchos. Mientras Israel comete un genocidio en directo, los demás países no solo miran a otro lado, sino que también aprovechan para comprar y vender armas. Mientras Rusia quiere volver a un proyecto fracasado a costa de extirpar un tercio de Europa, nos asustamos por el gas. Mientras en América del Sur, África y parte de Asia, la pobreza es cada vez mayor, el derecho internacional no imputa a los explotadores multimillonarios. Mientras la homofobia y el racismo aumentan disfrazados de libertad de expresión en aras de inclusión social, la educación se empobrece y se subestima. Y mientras el mundo y los valores caen, nos quedamos con un vídeo de redes sociales que busca silencio y complicidad.

No es simplemente usar menos el móvil, dudar de todo y pensar que problemas profundos no pueden tener soluciones simples. Es condenar todo discurso incendiario. Es luchar contra la polarización. Es no mirar a otro lado cuando el futuro de tus hijos está en juego. Es gritarle a este mundo genocida que deja morir a humanos por miedo a represalias. Es levantar la cabeza frente a hegemonías opresoras, sabiendo que para ser oferta requieren de la demanda. Es saber que si no te importa la política es porque eres un privilegiado y tus derechos o identidad no son debatidos. Es estar determinados a no volver a atrás: no vamos a tener la prensa controlada, no vamos a caer en bipartidismos ni en extrema y no vamos a regalar nuestro voto a cualquiera.