Nos sustenta el horror.
Hemos convertido, conscientemente, la Tierra en un planeta sin humanidad. Hemos convertido nuestras impulsivas compras en un látigo que vuelve a esclavizar a niños sin suerte geográfica. Hemos convertido nuestros mares en basureros sin consecuencias. Hemos convertido la oferta y la demanda en un juego reservado a unos pocos. Hemos convertido nuestro sistema en una perpetua imposición.
Se vende una falsa imagen de riqueza y estatus permitiendo a los pobres costearse unas vacaciones o un coche a cambio de caer en una deuda con una banca carroñera que especula con los deseos y necesidades ajenas. Hoy hay dinero para todo y para nada. El consumismo ha ganado la partida de póker con una escalera real: ha hecho de nuestros caprichos una realidad, y de nuestras necesidades una reliquia carente de stock.
Sin embargo, esta falsa no es más que un mero juguete para entretener a una población polarizada y dirigida a estimular la economía con destino al bolsillo de los miembros de la lista Forbes. “Al pueblo, pan y circo”, decía el poeta Juvenal. De ahí que quienes apoyan y colaboran en mantener este horror como fuerza gravitatoria del dinero quieran hacer de la educación un privilegio: no quieren ovejas negras que cuestionen el hambre de los perros pastores; perros que no cuidan al rebaño, sino que lo dirigen expectantes a devorarlo.
Cada vez son más comunes los conciertos de privatización que excluyen a la vasta mayoría de la partida donde se juegan nuestros derechos. Cada vez se niegan más grados a la pública y se regalan a la privada en aras del fomento del tejido empresarial mientras la juventud aguarda, con ansiedad, la incertidumbre de las notas de corte. Y, en paralelo, cada vez se multiplican más los casos de negligencia en unos servicios públicos que agonizan en silencio, amenazados por la tiranía de la relación poder-dinero, teniendo que oficiar funerales de quienes no recibieron un aviso antes.
Todo ello confirma la falta de empatía y humanidad con la que se gobierna. Porque, si quienes ocupan los escaños tuvieran una madre en Andalucía, un hijo en Madrid o un padre en Valencia, no habrían dejado que su madre muriera expoliada de su órgano más valioso; no habrían denegado grados a la pública y reducido la oferta de plazas para regalarlas a la privada; ni habrían iniciado una guerra de competencias en medio del tormento de los que siempre pagan lo impuesto.
En este contexto, la meritocracia se ha convertido no solo en algo inaplicable, sino en un arma política de doble filo. ¿Cómo exigir méritos a un niño famélico de África obligado a empuñar un arma para librar una guerra con fines económicos ajenos a sus prioridades? ¿Cómo exigirlos a un joven condenado a cruzar solo el mar sobre una balsa sin expectativas? ¿Cómo exigirlos a una joven explotada hasta saciar a tanto hijo del patriarcado para llevar el pan a su casa, sin tiempo para estudiar?
Mientras delincuentes trajeados campan a sus anchas por asambleas internacionales, el imperialismo vuelve disfrazado de ayudas al desarrollo. Respaldados y amparados por los de siempre, hacen de nuestros derechos un negocio y se atreven a violar lo poco que quedaba intacto: la vivienda. Se fomenta el odio al inmigrante que huye del horror que nos sustenta, mientras que a los extranjeros pertenecientes a lobbies y fondos buitres se les concede manga ancha para convertir nuestras garantías en un producto más. Así, la oferta de viviendas de alquiler se desploma y la de viviendas turísticas se dispara. Así, los salones de los pisos se derrumban y nuevas habitaciones por las que cobrar se levantan. Así, las okupaciones se multiplican y la polarización se extiende. Así, los jóvenes se condenan y los tenedores se enriquecen.
De igual modo, instituciones que nacieron motivadas para asegurar los derechos humanos y la bondad en el mundo ven sus manos manchadas de sangre y sus ojos vendados. La Unión Europea agacha la cabeza ante el gigante hegemónico de los Estados Unidos. La Iglesia Católica se olvida de la palabra de Jesucristo mientras pierde el tiempo embadurnando de oro a imágenes de la misma tierra en la que ahora se masacra. La ONU se cruza de brazos ante las hambrunas sometidas, la destrucción de nuestro planeta y los riesgos de escaladas mundiales, reconociendo su propia ineficiencia por contumaces imperios.
Así, los avances en sanidad son los justos para no reducir la demanda de la privada. Así, las notas de acceso se disparan por los recortes en plazas y por tanto, en derechos. Así, la población se divide por el extendido discurso de odio de unos pocos. Así, la solidaridad se tacha de propaganda y el populismo se convierte en herramienta electoral. Así, la hipocresía imperante normaliza las repetidas violaciones del derecho internacional. Así, la demagogia y las falacias reinan los hemiciclos, estériles de resultados. Así, los adolescentes se radicalizan en busca de inclusión social. Y así, pasaremos —si no lo hemos hecho ya— a ser meras monedas de cambio en los negocios de poder.
La raza humana se merece la extinción.
La humanidad, el poder.
En un mundo donde la empatía se compra, donde las mentes se tallan por escultores malintencionados, donde el derecho a la vida se clasifica por el color de piel, donde niños empuñan armas en lugar de juguetes, donde un muerto es una tragedia y quinientos una cifra, donde la pobreza se extiende como la peste y donde la opresión actúa como verdugo camuflado; se necesita una humanidad que anteponga sus principios al dinero y que se rebele ante el horror que nos sustenta.







