La sociedad no hace más que polarizarse: derechas o izquierdas, rojo o facha, monárquico o republicano, culé o merengue, taurino o animalista, católico o ateo…
En realidad, tiene su razón de ser, ya que la polarización es el arma del poder: no hay persona más influenciable que aquella que defiende sus opiniones acríticas e infundadas como si de su vida tratara. Así, cada vez hay más insensatos respaldando a inhumanos al mando de nuestro destino.
Mientras nos centramos en convertir las comidas familiares en auténticos meetings políticos y filtrar a la gente en función de si piensa como nosotros, cayendo en sesgos de confirmación; no hacemos más que dar el pistoletazo de salida a políticos carroñeros que buscan poder y no servir.
La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo, decía Nelson Mandela. Cuánta razón. Si en España no tener pensamiento crítico fuera un delito, habría más cárceles que casas. La educación no sirve simplemente para saber identificar los planetas por la noche, para calcular los gastos mensuales, para saber poner las comas, para defenderse en el inglés… La educación sirve como barrera protectora al discurso envenenado de personas con intenciones muy lejanas a cumplir lo que dicen.
El mundo necesita de ovejas negras que no sigan el rebaño que un perro pastor con hambre guíe.
Mientras los hemiciclos se convierten en patios de colegio, los niños que solían hacer uso de ellos se quitan la vida por un odio sembrado por algo que no se controla: las redes sociales. Hoy en día, es más normal encontrar a un niño viendo vídeos de influencers que jugando con sus hermanos. Así, su inocencia traga unos estándares de belleza irreales que los hace prematuramente preguntarse si son suficientes. Por no hablar de esa revolución de las comunicaciones que se vendía cuando se lanzaban aplicaciones como Instagram o Tik Tok, donde mensajes de odio unilaterales e infundados calan como el frío en los huesos de una octogenaria. ¿Dónde están esos protectores de la infancia cuando la pedofilia gana la carrera a la ciberseguridad? ¿De qué sirve ponerle nombre al acoso si no se le pone nombre al acosador? ¿Vale la pena progresar si se compromete la vida y el futuro de los que vienen? La salud mental es un problema que compromete de lleno la infancia, que condiciona de por vida y que tristemente, pasa por desapercibido.
Las redes sociales no solo han exterminado la inocencia y la infancia, sino que también han sido caldo de cultivo del racismo, la homofobia y la hipocresía. Así, discursos de odio y acríticos triunfan sobre la solidez, la argumentación y los datos. La justicia: aquello imparcial, independiente y consolidado que nos vendían es hoy otra de las armas partidistas que se usan para imponer ideas. Porque sí, la hipocresía es hoy el pan de cada día. Aquellos nacionalistas de pelo en pecho y bandera tatuada se llenan la boca al hablar de proteger la nación frente a la amenaza imperante de los inmigrantes. No obstante, cuando son españoles los que asesinan a mujeres y humillan y reprimen a personas del colectivo miran para otro lado y votan a partidos que buscan derogar leyes que protegen a las víctimas, negar y desacreditar su identidad y venderles un discurso tan nacionalista como hipócrita. Esto solo refleja que su justicia es selectiva, repugnante y que está motivada por mantener la supremacía del hombre blanco.
Sin embargo, es bastante triste y a la vez, reveladora la cara que se les queda cuando se arrojan datos a la situación. Según el INE, el 97% de los inmigrantes en España no cometen delitos. ¿Qué pasa ahora? ¿Está el INE comprometido por un partido político? ¿Vivimos bajo una dictadura? ¿O en realidad lo que ocurre es que es desalentador ver cómo de fácil somos de engañar sin un poco de escepticismo? Ese patriotismo que se busca y se vota no es más que una llamada de atención a los insensatos que no se dan cuenta de que la nación se compromete con esos partidos. La educación pública se convierte en un negocio. La sanidad pública, en un privilegio. El comercio internacional, en un deporte con reglas impuestas por hegemonías que comprometen el libre mercado. El capitalismo, en una falsa para justificar el poder en manos de unos pocos. Y por último, la persona, en una cifra que controlar sin empatía.
El as que muchos guardan bajo la manga para justificar discursos de odio es la libertad de expresión. No todas las opiniones son respetables, porque como bien afirmaba Sartre, “tu libertad acaba donde empieza la mía”. No se puede tolerar en el siglo XXI discursos como los que niegan la violencia de género, apoyan las terapias de reconversión o participan en cazas violentas.
La empatía está muriendo. Hay que entender la situación de alguien para defenderlo o para odiarlo. Los inmigrantes ya tienen bastante con el desarraigo cultural y con las mafias que los embarcan en viajes sin optimismo como si de animales se trataran. Utilizar la inmigración como arma política es repugnante y solo cae en paralelismos con las mafias al volverlos a tratar como animales. A los MENA (Menores Extranjeros No Acompañados) les toca no solo enfrentar grandes responsabilidades e infiernos en alta mar, sino que también, les toca escuchar el discurso generalizador del que no entiende el papel tan grande que la inmigración juega en la cultura, economía y sociedad mundial. Se puede hablar de problema estructural cuando el llamado Estado de bienestar solo da techo y comida hasta los dieciocho años a estos niños, como si al cumplir la mayoría de edad dejaran de ser un problema que asumir. No hay que justificar, pero sí entender que si un niño de dieciocho años sin papeles, sin dinero, sin nadie al que recurrir y sin una integración sólida en la sociedad tienda a robar el pan que se lleve a la boca.
¿Está, por ende, la inmigración relacionada con la delincuencia? Para nada. La inmigración está relacionada con la prosperidad y el empleo. Lo que sí podemos relacionar con la delincuencia es la precariedad y marginalidad a la que destinamos a los inmigrantes una vez asistidos primariamente. Generalizar el odio no elimina los guetos. Trabajar en la integración de personas que aportan más de lo que consumen sí.
Es cómico ver el origen de la inmigración y sus causantes. Aquellos que tanto se llenan la boca con discursos nacionalistas y homogéneos son los que acaban votando a partidos que contribuyen a la inmigración. Los africanos estarían mejor en sus países con sus familias y cultura sin tener que aprender un nuevo idioma y ser objetos de humillaciones. Sin embargo, explotadores multimillonarios amparados o al menos, obviados por la justicia y partidos de extrema derecha, son los que destruyen esos países y obligan a sus ciudadanos a huir del horror que las fábricas multinacionales crean abanderadas por la globalización. Es claro: para que haya ricos, debe haber pobres. Pero no se confundan, nuestros enemigos no son aquellos que huyen del horror que nos sustenta, sino aquellos que hacen de sus países un auténtico infierno.
Todo esto lleva a preguntar lo siguiente: ¿es la democracia el mejor sistema de Estado? La democracia es la decisión de la mayoría. No obstante, la mayoría puede estar equivocada. Si la mayoría de la sociedad es absurda, tomará decisiones absurdas. Quizás, la mejor solución no será eliminar la democracia, sino combatir esa absurdidad que enciende la llama del totalitarismo; y para eso, solo queda la educación. De ahí que los partidos que se basan en decisiones absurdas quieran convertirla en un privilegio. ¿Verdad que ahora no suena tan nacionalista el discurso de la extrema?
El mundo no solo ha perdido la capacidad de decisión, sino que también ha perdido la humanidad. Estamos viviendo un genocidio. El primer genocidio televisado después de aquel judío que ha marcado la historia. Organismos como la ONU y la UE surgieron motivados por la defensa de los Derechos Humanos. Aun así, han caído en el condicionamiento y silencio que EE.UU ha promovido. Niños asesinados, escuelas bombardeadas, hospitales destruidos, periodistas silenciados, internet cortado, suministros de agua y comida retenidos en las fronteras… Es desalentador como persona ver, ante todo esto, el silencio cómplice de instituciones que nos prometían y prometían humanidad. ¿Qué crédito le daremos a la UE y a la ONU cuando hablen de derechos humanos? Cosas como estas solo demuestran que el poder corrompe y que una vez más, solo el pueblo salva al pueblo.
Este genocidio no va de colores políticos. Este genocidio no va de antisemitismo. Este genocidio va de humanidad perdida. Cuando el objetivo de un gobierno es exterminar completa o parcialmente un grupo étnico como el de Gaza, claramente podemos gritar lo que es: un genocidio.
Justificar y apoyar este exterminio, denominándolo como una operación contra una organización terrorista (Hamás) solo simplifica el dolor de los gazatíes y demuestra la incomprensión e inhumanidad del que lo defiende. Es importante destacar que la condena a Hamás debe ser igual de fuerte como la del genocidio. Primero de todo, podemos hablar de dictadura cuando la violencia marca la legislatura de una organización que lleva sin convocar elecciones desde 2006. Segundo, es crucial no caer en argumentos simplistas que meten en el mismo saco tanto a los gazatíes inocentes como a los israelitas humanos; ya que, al fin y al cabo, los únicos que sufren las consecuencias de las guerras son los ciudadanos. Por último, aunque el acto desencadenante de este genocidio fuera a manos de Hamás, no excusa las intenciones exterminadoras del inocente pueblo gazatí a manos de inhumanos aburguesados sin memoria histórica.
Solo quiero preguntar una cosa, ¿si el genocidio en lugar de ocurrir en Oriente Próximo, se desarrollase en Occidente, estarían la ONU y la UE de brazos cruzados? ¿Marca el color de piel el derecho a vivir?
El mundo está convirtiéndose en un infierno: tenemos una falsa imagen de un capitalismo que nos ha regalado el consumismo como juguete para tenernos entretenidos y que los trajeados se llenen el bolsillo a costa de la meritocracia, el sudor y la sangre de muchos; tenemos una falsa imagen de que los de arriba son nuestros amigos y los de al lado nuestros enemigos; tenemos una falsa imagen de lo que realmente significa defender tu país; tenemos una falsa imagen de los roles de víctimas y agresores; tenemos una falsa imagen de que lo infundado y sesgado debe predominar. No obstante, las falsas imágenes se eliminan con educación, pero mientras no cambiemos, seguiremos siendo cómplices silenciosos del ascenso de Satanás a la Tierra.







