Opiniones

"El Periódico digital para el sur de Córdoba"

Hablemos del amor

Para Dani y Guada

Se me permitirá, por aquel especial día, que acapare las líneas de la página. Se me permitirá, en el pequeño rincón que me dispensa esta casa, que dedique unas humildes palabras en honor de una querida pareja. Se me permitirá, adorabilísimo lector, que hable del amor.

No se tratará de un amor pasional o apasionado, siempre dominado por la inconsciencia de los impulsos viscerales, que se detiene en lo abrupto del cansancio. Ni de un amor devocional, místico o religioso, siempre adherido a la virtud de lo contemplativo, que se desvanece con la iluminación de la decepción. Ni de un amor concertado o mercantil, siempre interesado, frío y desangelado, que se estampa con lo incierto de lo íntimo. Tampoco se tratará de un amor sensual o sicalíptico, siempre hormonado por la fiebre del deseo, que se pervierte por la simplicidad de la monotonía. Ni siquiera de un amor maternal o paternal, siempre instintivo y biológico y comprometido, que se experimenta con la incuestionable emoción de la vida engendrada. Mucho menos de un amor amistoso o afectivo, siempre fluctuoso y coyuntural, que se propone la exigencia de la proximidad… Y no, no se tratará, ya se me perdonará, de un amor conyugal o matrimonial, de un amor entre esposos, siempre anudado por el lazo del destino, que se esculpe sobre los férreos mármoles del paraíso.

Sin embargo, fue, por supuesto, el amor lo que nos llevó a reunirnos en aquel sábado de octubre. Y por amor, sólo por amor, se logran las más sublimes proezas, se consuman los más complejos propósitos y se superan las más delicadas dificultades. Por amor se transforma, por amor se perdona, por amor se olvida, por amor se ignora; y por amor se consiente, por amor se respeta, por amor se tolera, por amor se estima. Y por amor, sólo por amor, se confía ciega y universalmente, se perpetúa el cariño, se engrandece la responsabilidad, se prioriza el miramiento y se contemporiza la delicadeza. Por amor se favorecen los más mínimos gestos, se aceptan los más extravagantes caprichos y se respaldan los más disparatados proyectos. Y por amor, sólo por amor, se ha de imponer la cordura, la mesura, el equilibrio y el dolor de la sinceridad; se han de frenar o impulsar voluntades; se han de compartir decisiones y meditar actuaciones. El amor es querer, el amor es estar, el amor es complementar, es ver y encontrar, es proteger y luchar, es caminar y hablar, es animar y es consolar. El amor es vivir. Es esa magia que aparece entre los constantes destellos de una estrella infinita. El amor lo es todo.

Lo he afirmado en múltiples ocasiones y no me cansaré de repetirlo: apenas conservo recuerdos de la vida sin mi hermano. A pesar de la diferencia de edad y de caracteres, no sería capaz de redactar una autobiografía en la que no estuviera presente cada pocas líneas. Y tal vez de los comienzos pudieran concebirse anecdóticas discrepancias. Pero, de existir tan excepcional muestrario de divergencias, no sería sino el resultado de aquellos antagonismos en la búsqueda del acoplamiento. No me arriesgaría en asegurar que mi hermano y yo pronto fuimos conscientes de que, como tales hermanos, nos unía algo superior a la mera convivencia. Pronto fuimos conscientes de la fraternidad, irrebatible manifestación del amor.

No debe tener cabida entre hermanos el rencor, el egoísmo y la envidia. Nunca comprendimos por qué a un hermano se le tendía a recriminar o a reprochar aquello que sin pudor se admitía a un amigo. Por qué se le desdeñaba o menospreciaba a un hermano aquello que se le alababa o ensalzaba a un amigo. Si la hermandad contiene y eclipsa la amistad, aquellas luchas familiares intestinas, aquellos odios arraigados y heredados en sucesivos descendientes, que parecen alumbrarse en el último empujón del parto, carecen de sentido, carecen de nobleza y carecen de decencia. La hermandad, como amor, es indulgencia, es comprensión, es festejar las alegrías del hermano como propias y abrazar fuertemente, muy fuertemente, y llorar, también llorar, sus penas, pues los reveses son los instantes más intensos de la hermandad. Entonces, cuando el hermano sufre, la crítica, la regañina, la queja casposa sirven de ponzoña que nada bueno aporta. El hermano, movido por el amor, se sentará a su lado y ofrecerá su mano o se limitará a permanecer junto a él, porque, en ocasiones, la mejor ayuda es no hacer nada, es la presencia cómplice y callada, es la sencilla calidez de la compañía.

Quiero creer que mi hermano y yo comprendimos con presteza que, como hijos de nuestros padres, cada uno era para el otro aquél que pudo ser. Eso significa la hermandad: un reflejo convergente. Un propio yo distinto. Negar a un hermano es negar la parte de uno mismo. Es la condena a vagar por el mundo incompleto, con un hueco en el alma que consume, que aflige y que destruye, que corrompe con su veneno de miseria y desesperación. Negar a un hermano es negar el amor, puesto que, si no amas a tu hermano, a esa vehemente y profunda conexión natural, sanguínea y genética, a quién puedes amar.

Y, aunque quizá no sea mi hermano el hombre perfecto —quién puede serlo, en realidad—, sí es un hombre íntegro, un buen hombre, por eso estoy orgulloso de mi hermano, como es un orgullo para mí el serlo… Y, con estos mimbres, qué más pueden pedir unos padres de un hijo… He de agradecer a mis padres el regalo de mi hermano. Ahora, él ha traído a su esposa a la familia, una hermana, para mí, y, sin duda, la hija perfecta para mis padres, aquella que, en algún momento, imaginaron que podrían tener. Con franqueza, no sería posible experimentar mayor dicha, al ser ella una mujer digna de una inmensidad de amor.

Así, reconozco que, en la nueva etapa que han emprendido como esposos, plagada de ilusión y de esperanza, nunca podré aspirar a convertirme en el hermano que merecen, como nunca lo alcancé, por estupidez, por inmadurez o por torpeza, para mi hermano; pero prometo dedicar el máximo de los esfuerzos para conseguir ser el hermano que necesitan.

No sería justo, en fin, a pesar de todo, eludir una breve evocación de aquellos seres queridos que, sea por la incorruptibilidad del tiempo, sea por lo prejuicioso de la vida, no se encontraban entre nosotros. Aquellas personas que habrían disfrutado de la ceremonia con el inconmensurable gozo de testimoniar la transcendencia de tan señalado evento para el reciente matrimonio. A muchos de los que asistimos nos costó, doblegados por la impotencia, contener las lágrimas, al emerger en la memoria la figura de esa persona que habría debido custodiar nuestro paseo, brindar con nuestras copas, reír con nosotros. No obstante, no nos dejamos influir por la triste apariencia, ya que a cada uno lo guardábamos en nuestro corazón, principal morada del amor.

De este modo, se me ha permitido, por aquel especial día, que acapare las líneas de la página. Se me ha permitido, en el pequeño rincón que me dispensa esta casa, que dedique unas humildes palabras en honor de una querida pareja. Se me ha permitido, adorabilísimo lector, que hable del amor, porque sólo entre las insondables maravillas del amor podremos hallar la felicidad.

Con mi amor, con nuestro amor, con vuestro amor, apreciados esposos, sed muy felices.