La radicalización del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), reflejo, he de insistir (hay mucho tonto suelto por el mundo —también he de insistir—), del contexto europeo, ha llamado a la puerta del primer bienio republicano. Francisco Largo Caballero es Presidente del PSOE desde octubre de 1932, pero Secretario General de la Unión General de Trabajadores (UGT) lo es desde 1918, al dejar el penal de Cartagena, donde fue huésped, junto a Julián Besteiro, por la huelga general de 1917. Inocentemente, la masa obrera ha pensado, en abril de 1931, dándolo por hecho, que, con la República, el cambio, la transformación sería inmediata, entre otras razones, porque los líderes políticos y sindicales republicanos así se la han vendido y así lo han prometido; sin embargo, tres años después, nada parece haber cambiado, al menos, a ras de suelo, en ese nivel inferior pobre y desamparado, ahíto de trabajo duro y agónico tan infructífero. Lo prometido no se ha cumplido. ¿Acaso no se ha tratado de una vana promesa, de esas vacías que los líderes lanzan para alcanzar el poder? Se cuentan historias ultramontanas, allende los Pirineos, de revoluciones proletarias contundentes, de las auténticas, de las que sí provocan e imponen los cambios para el trabajador, los que no se aprecian en España, hasta el punto de que las últimas elecciones las gana la derecha católica y antirrepublicana. La impaciencia, la incertidumbre y el desasosiego se adueñan de los cuerpos obreros, que buscan la unión revolucionaria de la izquierda para conquistar el poder, a través del hilo conductor obrero, político y sindicalista, del PSOE y la UGT, para hacerlo contra la propia República, contra el sistema, contra unas elecciones legales, legítimas y democráticas, constitucionales, contra las reglas establecidas y acordadas en Cortes. El grupúsculo antirradical del PSOE, opuesto a tan desmesurada reacción revolucionaria, encabezado por Julián Besteiro, invitado del penal de Cartagena en 1918, según líneas arriba, y sucesor de Pablo Iglesias en la presidencia del partido hasta febrero de 1931, pronto es apartado del equipo directivo, marginado de las decisiones a adoptar. Francisco Largo Caballero e Indalecio Prieto acaparan el liderazgo exclusivo del partido y de la corriente radical que se alza en revolución. No son los únicos, claro, otros izquierdistas de pro, como Manuel Azaña, con su inaugurado partido Izquierda Republicana (IR), se manifiestan afines al movimiento revolucionario sectario, comenzando con una serie epistolar dirigida al Presidente Niceto Alcalá-Zamora, en la que lo responsabilizan o, directamente, acusan de entregar la República a sus enemigos (no rivales o adversarios políticos, enemigos). Republicanos de izquierdas, por el simple hecho de no ostentar el poder gubernamental, por el simple hecho de haber perdido las elecciones constitucionales, legales y legítimas, oponiéndose al régimen republicano, democrático, vigente, se encaminan hacia la sedición, lo que significa enfrentarse a la República. Los anarquistas, por su parte, para quienes lo de la revolución va implícito en el nombre, han acometido la tarea con naturalidad, sin prédicas, soflamas belicistas, ni mierdas de ésas; a la práctica, al asunto. Especialmente, la han tomado con los ferrocarriles, como el de la línea Barcelona-Sevilla, El Sevillano, el mismo diciembre de 1933, con veintitrés muertos; el expreso 831, a la altura de Briones; el 204, Bilbao-Zaragoza, en Zuera, con once heridos; el expreso correo Madrid-Barcelona, por Calatayud. La oleada de atentados de diciembre de 1933 ha costado la vida de más de cien personas, con la presidencia de Diego Martínez Barrio, del Partido Republicano Radical (PRR), declarando el estado de alarma en todo el territorio nacional el día 9. PSOE y UGT han condenado con la boca pequeña y, en sede de Cortes, han culpado al gobierno derechista, o centro-derechista, al colmar la paciencia de los trabajadores con sus políticas. Este bienio de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) es para la izquierda el Bienio Negro. Y, desde luego, esta vertiente derechista, o centro-derechista, en el poder está haciendo todo lo necesario para desmembrar el aparato reformista republicano, piedra angular del establecimiento de tal República, lo que, a su modo, equivale a atacar, a actuar contra la República, al igual que el sector izquierdista lo hace en el ámbito de su esfera. Y claro, a la pobre República, atacada por sus dos flancos, embolsada en un movimiento en pinza, como el ejército romano de Cayo Terencio Varrón había sido embolsado por el púnico de Aníbal Barca en la batalla de Cannas, poco futuro le cabe esperar. La CEDA no es, sin duda, la mayor valedora de los principios republicanos, hasta es posible que lo de la República le parezca mala idea, pues surge como adalid de la civilización cristiana, en demanda de una reforma constitucional. Su condición de confederación de derechas, y no sólo de derechas, sino de derechas autónomas, la aboca a una multiplicidad de credos e intereses. Religión, propiedad y familia, autoridad y patria, es el partido de la Iglesia, suprema jerarca del Estado. Escorada hacia el totalitarismo, simpatiza con el fascismo y el nazismo y sus aires antidemocráticos, y las campañas contrarrevolucionarias antimarxistas han quedado anotadas en su programa político. Terminará apoyando económica y abiertamente la violencia contra la República, aunque antes, en este panorama en torno al ocaso del año 1934, todavía apoya (y sostiene con su mayoría en Cortes) el (segundo) Consejo de Ministros presidido por Alejandro Lerroux, del PRR, en el cual se integran tres Ministros de la CEDA. El PRR sí propugna en su ideario el anticlericalismo, el liberalismo y el republicanismo. Se había escindido en 1908 nada menos que de la Unión Republicana de Nicolás Salmerón, Presidente del Poder Ejecutivo de la Primera República (uno de los cuatro), y ahora trata, con suavidad y buenas maneras, de atraer a la moderación republicana a José María Gil-Robles y su CEDA, procurando alejarlos de los resplandores de Adolf Hitler y Benito Mussolini (misión harto compleja, tecleada la variedad de castas internas pululantes), al tiempo que brega por estorbar cualquier amago de contaminación o envenenamiento de su partido; todo encuadrado en una alianza de gobierno, frágil y condicionada. La prensa de 1934, único medio de difusión informativo, es una rueda panfletaria partidista. De absoluta parcialidad, cada cabeza de rotativa, cada gacetilla tabernaria no es sino el altavoz de los sermones iracundos, feroces, salvajes, brutales de los partidos políticos. Consignas doblegadas por el peso de la agresividad, decantan el estilo sociológico, que transciende de la simple masa proletaria, desplegándose sobre los diferentes estratos y estamentos de la población. Cuando Largo Caballero e Indalecio Prieto se deciden a que el PSOE haga efectiva la revolución, sondean la adhesión de otras organizaciones obreras de izquierdas, agrupadas, desde los resultados electorales de 1933, en las Alianzas Obreras, impulsando su formación y propagación. Los periódicos entran en campaña denominando a Largo Caballero como el Lenin Español, quien, en octubre de 1934, al instante en el que Lerroux conforma su segundo Consejo de Ministros con tres políticos de la CEDA, llama a la huelga revolucionaria, de escasa concurrencia (como tecleaba en la entrega anterior), salvo remedos en Cataluña, País Vasco y, sobre todo, salvo en Asturias. Los campesinos están agotados de esfuerzo y miseria y decepcionados de abandono y olvido. No obstante, los mineros norteños se mantienen fuertes y activos, reivindicativos, propensos a la acción revolucionaria. Allí, siendo potentísima e irreductible en Asturias, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) observa y aguarda, paciente, la sucesión de acontecimientos, quiere que la mecha sea prendida por el socialismo. Así, el PSOE se aproxima, ufano, a esos mineros, a través de una Alianza Obrera, con la intención de unificar objetivos y estrategia, y cuando ha emprendido la faena de adquirir armas. No sería una mera huelga de griteríos, pataletas, disturbios y daños urbanos, sería una revolución armada; razón por la cual hay que armar a la población. Razón por la cual es el turno del caso Turquesa.







