No tendría que hacerlo, pero, en esta absurda época de ofendiditos de la puntilla, tiquismiquis recalcitrantes y estúpidos maniqueos ignorantes, he de advertir, con previo descargo (disclaimer, lo llaman los gilipollas conquistados por la invasión anglosajona), que no pretendo aleccionar, porque, para eso, están los profesionales, los historiadores y los libros de Historia, aunque, a veces, unos y otros se hayan ganado el prestigio de la duda. Tampoco podré evitar la imprecisión, porque pretendo dotar al relato de un dinamismo sumario, pretensión que, seguramente, incumpla, lo cual propiciará múltiplos del error impremeditados. Y me importan los bandos tanto como me pueda importar una mosca acurrucadita sobre un mojón pestilente mientras se echa una siestecita, lo que no alejará a los planeadores gravitacionales de la etiqueta partidista coloreada. Si la forma republicana desapareció, fue porque ninguno, y, cuando tecleo ninguno, me refiero precisamente a eso, a ningún español, supo estar a la altura del contexto socio-histórico; o, quizá, en cierto modo, todo español no fuera sino el reflejo del contexto socio-histórico, con los cabecillas al frente, claro, quienes, sin ir más lejos y como mera ilustración, no tuvieron ocurrencia mejor para proteger aquella democracia (que puso en tela de juicio el voto femenino, teclado sea) y esos derechos y libertades, vociferados a golpes de pechos, que aprobar la Ley de Defensa de la República, acorazada, con posterioridad, por la propia Constitución de 1931. Y podría haber aguardado al centenario, hurtando este nonagésimo aniversario; sin embargo, el convencimiento de la inevitable pervivencia, cien años después, del imbécil que esputa con jaquecosa reiteración ignara y lega términos como fascista, rojo, comunista, Franco, Guerra Civil justifica la sucesión de ulteriores líneas aquí y ahora.
No es sencillo, entonces, fijar un punto precedente: el romanticismo, el naturalismo, el positivismo científico, el XIX, los pronunciamientos, Alfonso XII, el turnismo, la regencia, Cuba, Puerto Rico y Filipinas, Alfonso XIII y sus diez convocatorias electorales, la fragmentación de los partidos, la Gran Guerra y la escasez o desabastecimiento y consecuente encarecimiento de productos básicos en España (se hacía negocio vendiéndolos a los países en conflicto), las extremas corrientes políticas, económicas y laborales europeas, el desprestigio del Ejército, las revueltas sociales, la Semana Trágica de Barcelona, los magnicidios (Prim, Cánovas, Canalejas, Dato), Alfonso XIII y Annual, las levas eludidas bajo tasa, Alfonso XIII y la dictadura (Directorio Civil y Militar), los nacionalismos, el terrorismo pistolero pagado por patronal y sindicatos, la crisis del 29… Bendito clima.
En 1930, la oposición ideológica a una dictadura que cuenta con el beneplácito regio es de lo más variopinta. Conservadores, liberales, republicanos, socialistas, anarquistas, intelectuales y movimientos estudiantiles. Incluso en el Ejército se manifiesta el desagrado ante las arbitrariedades cometidas por Miguel Primo de Rivera. Se agudizan el descontento y las revueltas, se devalúa la peseta. Primo de Rivera presenta su dimisión en enero de 1930 al Rey, quien nombra al general Dámaso Berenguer Presidente del Consejo de Ministros, para instaurar la conocida como dictablanda, con ínfulas de retrotracción al momento anterior a 1923, lo que, dada la generalizada degeneración imperante y la falta de confianza en Alfonso XIII, supone nada. Aislado el Rey (y, por extensión, la Monarquía) también por el estamento militar, muchos de sus integrantes comienzan a abogar por una república, con apoyo, no es poco, del sindicato anarquista Confederación Nacional del Trabajo (CNT). La posición contraria a la Monarquía, en definitiva, se extiende sin solución de contención o sectores de defensa. Así, el 17 de agosto de 1930, se rubrica el Pacto de San Sebastián, por el cual decepcionados, rivales y revanchistas acuerdan una estrategia que ponga fin a la Monarquía y desemboque en la Segunda República, con un Comité Revolucionario, presidido por Niceto Alcalá-Zamora. En diciembre de 1930, fracasa una sublevación (o golpe) militar en Jaca, liderada por los capitanes Fermín Galán Rodríguez y Ángel García Hernández, detenidos y ejecutados. La desazón mantiene su flujo imparable y, el 14 de febrero de 1931, Berenguer dimite. Desesperado, Alfonso XIII no encuentra sustituto que acepte el cargo, hasta que lo hace el almirante Juan Bautista Aznar-Cabañas, quien convoca elecciones municipales para el 12 de abril, con el objetivo inocentón y reiterativo de retrotracción al momento de legalidad anterior a Primo de Rivera. No obstante, la victoria en las elecciones municipales, asumidas como un plebiscito nacional, de los partidos republicanos en el cómputo de capitales de provincia (que no en votos ni en municipios), provoca, salpicada de irrefrenable violencia en las calles, de punitiva degradación socio-económica, el abandono de España de Alfonso XIII, con nota de despedida publicada en la página tercera del diario ABC («Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo…») y adiós muy buenas, y la proclamación, el 14 de abril de 1931, de la Segunda República. «España se acostó monárquica —declararía el almirante Aznar— y se levantó republicana». República que se estrena con la amnistía por delitos políticos, sociales y de imprenta y la libertad de cultos, creencias y respeto a los derechos y libertades de los ciudadanos; y nombra un Gobierno Provisional presidido por Niceto Alcalá-Zamora, del partido Derecha Liberal Republicana (sí, la república no es patrimonio de los partidos de izquierdas). Pero, de pensar o creer que la República se convertirá en una suerte de panacea universal que erradicará el mal gangrenoso o canceroso que asola a la sociedad española a que realmente lo sea, hay un trecho, y la necrosis y la putrefacción campean a sus anchas por entre los variados sistemas, por el aparato circulatorio de cada español residente. Las revoluciones callejeras populares se funden con el entorno, la CNT promueve intensas campañas de huelgas y el anticlericalismo se lleva al terreno de la práctica, con asaltos y quema de iglesias y conventos, el mismo mes de mayo de 1931, generando el rechazo a la República de las corrientes clericales, testigos directos de la inactividad gubernamental para impedir tamañas comisiones delictivas, inadmisible omisión de deberes. Y es que resulta indiferente Monarquía o República, la forma de gobierno es las leyes que la rigen y, por encima de todo, las personas que legislan, que administran y que viven.







