Opiniones

"El Periódico digital para el sur de Córdoba"

Tiempos

Sin duda vivimos en una sociedad globalizada muy distinta a la de mi juventud, son muchísimas las cosas que han ido cambiando con el transcurrir de los años, unas buenas (la mayoría) y otras que no lo han sido tanto, incluso algunas malas, de todo ha habido en la viña del señor.

Me crie en una época crucial, pasé la niñez en la dictadura, disfruté la adolescencia y juventud en la transición a la democracia, y la etapa de madurez la comencé a vivir en una democracia consolidada que ahora se tambalea. No, no quiero ser catastrofista porque no suelo serlo, pero me gusta hablar claro de lo que pienso, a pesar de que esto incomode a alguien o haga felices a otros.

Hasta hace bien pocos años he pensado que, sin ser perfecto, mi tiempo de vida sí que era muy bueno y por ello me considero afortunado. Alejada estaba la Guerra Civil española, así como la II Guerra Mundial, incluso las veía superadas, en el sentido de que habíamos aprendido de ellas para que no se volvieran a repetir, al menos no sentía ningún miedo a ello, sobre todo tras la eliminación del Telón de Acero. Solo en los años noventa la guerra de los Balcanes y la del Golfo me hicieron poner los pies en la tierra, pensar que el ser humano y sus intereses pueden ser despiadados, pero nos cogía medio lejos y por eso no vi peligrar mi vital estado de confort.  Tampoco había hambruna en mi entorno, ni en España. Hemos tenido un estado de bienestar global muy superior a cualquier época y hemos progresado lo inimaginable en muchísimos aspectos. La paz en nuestro país era un lujo completo cuando el terrorismo se erradicó y la gente ha vivido en ese aspecto muy feliz. Y además había libertad, con la grandilocuencia que expresa esa palabra, y yo diría que se respetaba que cada cual pensara como quisiera, lo que hacía que la convivencia fuera buena. Nos abrimos al viejo continente y este sufrió como un expansionismo de fronteras para hacer frente a las economías exteriores, lo que dio lugar a la Unión Europea que tantas ventajas ha traído para muchos sectores de este país. Y de la peseta al euro sin ningún trauma, esa ha sido mi impresión. A trancas y barrancas nuestros sistemas sanitario, social y educativo iban dando un resultado aceptable, siempre mejorable.

Que han existido problemas sociales, conflictos, desavenencias, multitud de tiras y aflojas, evidentemente; que no ha dejado de haber guerras, lo sé, aunque nos pillaran lejos; que ha faltado trabajo para muchas personas, cierto también. Pero he sentido que las políticas democráticas han intentado paliar esos males de unas u otras maneras porque el clima era favorable.

Confieso que la primera vez que iba a gobernar el Partido Popular tuve mis dudas sobre si eso podría suponer un retroceso democrático y social. Pero se disiparon pronto, no porque me gustara la forma en que se gobernaba, sino porque parecía que había que asumir que eso era la democracia, que gobernaban unos u otros y ya está. Era asumir, sin miedo, las reglas de un juego, porque había que tener siempre presente que todos los jugadores aceptaban esas reglas democráticas.

Así que ni se me pasaba por la cabeza lo que ahora tenemos. Vivo, no con miedo, no es la palabra, quizás sea con incertidumbre extrema, sin duda alguna, por los derroteros que el mundo está tomando y que me afectan sin que yo lo pueda evitar. Porque además me digo: tú ya has vivido la mayoría de tus días, y lo has hecho en un mundo ‘feliz’, pero, ¿qué será de la vida de mis hijos? Porque ellos están viviendo en su juventud sucesos que yo no viví a sus edades. Están percibiendo un mundo distinto y me preocupa, no solamente su bienestar presente, sino más aún su futuro. Y ya no digamos el de sus hijos cuando lleguen. Se que puede ser un poco, o un mucho, pensamiento extremo, pero es así. Quizás ellos no lo vivan tan pesimista como yo, intuyo y quiero pensar que es así, y que solo sea para ellos que papá se está pasando en sus cavilaciones.

Por eso, aunque me propongo que la política no cope mis escritos, es inevitable que por querencia y sensatez conmigo mismo tenga que echar mano de ella. Porque son muchos los hechos y circunstancias que me hacen sentirme jodido a diario. El tener que compartir con mis hijos tiempos en los que un país genocida machaca a otro bestialmente sin que los organismos internacionales hagan algo concluyente. O que un loco sea el presidente del país más poderoso, y que la paz dependa de él me parece surrealista (de hecho, siguen los muertos en Gaza). O que un país como Rusia invada Ucrania en una guerra desigual y no se sea capaz de pararle los pies a Putin, me parece intolerable. O que en España haya este grado de confrontación diaria entre los políticos, donde lo que triunfa es el ‘y tú más’. O que la ultraderecha fluya, teledirigida desde las redes, engañe a los bisoños chavales y que ellos se dejen engañar sin informarse por otros canales me parece muy peligroso, y el peligro está en la historia. O que la corrupción de unos y de otros sea lo que favorece este malvado asunto, así como la falta de vivienda, por ejemplo, o la falta de trabajo para los jóvenes.

Por eso, todas estas cuestiones en su conjunto desestabilizan mi estado de ánimo, y me hacen sentir mucho menos ‘feliz’ de lo que he sido durante mi vida. No quiero caer en lo de ‘cualquier tiempo pasado fue mejor’, pero sin duda el mío lo fue, ahora me doy cuenta la suerte que he tenido.