Iniciado ya el mes de abril, entre jornadas soleadas. Días de tránsito del frío nocturno, a las mañanas templadas y tardes calurosas con abundante luz. Los árboles van recuperando su atuendo, vistiéndose de hojas renovadas, entre flores polinizadas que estallan en colores, formas diversas y aromas primaverales que surgen tras una temporada afortunadamente lluviosa.
Nuestro pensamiento más alegre y vital, más festivo, alejado contradictoriamente de la queja por el encadenamiento de borrascas vividas, que se olvidan y diluyen, al igual que las fragancias de incienso, los repiques de palillos, los sones de cornetas y saetas…
Las sociedades seguimos aletargadas entre estallidos de cólera de Donald Trump o Vladimir Putin y sus ansias de mandar, su afán de figurar en los anales del poder, su ególatra manera de quedar perpetuados en las crónicas de la historia, con sus reformas migratorias, su particular defensa de fronteras y su política económica para monopolizar el mundo según sus intereses y propia escala de valores…
Estamos inmersos en un conjunto de guerras cercanas y lejanas, que discurren incomprensiblemente en paralelo a nuestras vidas, aunque las obviemos de nuestro pensamiento con frecuencia. Cualquier conflicto bélico es un fracaso de la sociedad, como tal nos afectan más de lo que pensamos en nuestro modelo de vida. Prometen sus impulsores batallas cortas, que se sobredimensionan por sus dificultades para lograr los objetivos pretendidos, una guerra siempre es destrucción. La logística teórica e ilógica de un conflicto, provocado y mantenido por los reyes económicos del momento, por los nuevos presidentes o propietarios de lo ajeno, gestores de un territorio que no les pertenece, salvo temporalmente, sí han sido elegidos en las urnas…
El resto de los países sumergidos en sus contiendas perdidas, con sus políticas nacionalistas de extremos, con sus planteamientos socio-económicos o sus disputas internas de poder, entre fechas electorales del calendario, que se van cumpliendo y cambiando el balance de los números, el talante de los colores e identidades entre equilibrios inmediatos complejos, que vociferan exigencias, negocian escaños, reparten puestos, anunciándolo todo en redes sociales, medios de prensa o radio afines, donde la comunicación destaca por la falta de escucha o diálogo. Titulares que se solapan en la inmediatez del instante e inducen al olvido de tantas causas judicializadas en marcha… Todo lo que se busca en Internet, se consulta, se compra y vende deja rastro, el uso y ayuda de la IA (inteligencia Artificial) nos transforma nuestra manera de pensar, de buscar opciones y soluciones, todo lo que se dice en las redes quedará grabado para bien o para mal en la nube, en esa memoria digital que perdurará en el tiempo.
Mercados que encarecen sus productos cotidianos, sin atender los costes reales de los sectores primarios, las primas añadidas en la cadena a su actividad, ahogando a los productores, limitados por acuerdos o tasas pactadas por España y Europa o con aranceles de terceros impuestos sin previo aviso, encareciendo la cadena de suministro, procesado y venta de un fruto u obra hasta llegar al consumidor.
Nuestros hogares son los grandes usuarios y compradores de artículos básicos que tratamos de equilibrar costes o gastos, recalculando en cada compra nuestras necesidades reales, entre hipotecas que crecen, petróleos que aumentan sin límite y fuentes eléctricas que incrementan en nuestra factura, impuestos con letra pequeña que pagamos en todo, en tanto la banca y las multinacionales eléctricas aumentan sus propios beneficios.
Presupuestos errantes que nos gobiernan en el tiempo, que se alargan en sus mandatos, estirándolos como el chicle, parcheando las necesidades, desmejorando los servicios públicos, para sobrevivir entre prioridades diferentes para cada tipo de familia.
Evidentemente no podemos cambiar el pasado, nuestra historia, no queremos aprender sustancialmente de lo vivido, ni modificar drásticamente el presente… Pero vivir es persistir, también es reconstruir y vencer, si somos conscientes de que el planeta Tierra es único y pese a las propuestas futuristas de encontrar otros planetas o espacios habitables, la realidad es que el planeta no tiene recambio, ni plan B.
Por tanto, sólo hay una posibilidad vital para la especie humana, animal o vegetal, caminar hacia el futuro con racionalidad y políticas socio-económicas globales de paz, donde se respete el medio y se conserve la diversidad de su fauna, su flora, obviamente de su gente.







