Opiniones

"El Periódico digital para el sur de Córdoba"

De nacimientos a postales navideñas

Vivimos tiempos extraños, al punto, insólitos, en esto de la tradición. Sin perjuicio de generalizar, sobre todo, en su vertiente folclórica o festiva, que roza tristemente lo chabacano. Tiempos de anacronismo, tiempos de abulia, tiempos de renuncia. Tal vez todo se deba a un interés que tropieza con un controvertido afán mercantilista o puede que acomodaticio. Tal vez todo se deba a que la tradición, domeñada por un régimen consuetudinario, fluctúe al ritmo que lo hace la costumbre que la constituye, arraigándola en la población que la celebra. Tal vez todo se deba a la natural evolución. Tal vez todo se deba a todo y se deba a más.

Nada nuevo, la verdad. Basta recordar que el cristianismo del siglo IV aprovechó la conmemoración pagana del solsticio de invierno para institucionalizar la del nacimiento de Jesucristo, en un intento, eficaz con rotundidad, al plazo, de consolidar y expandir la religión. Desde las primeras civilizaciones, asimismo, los seres humanos, cuyo carácter diferenciador del resto de seres vivos radica no sólo en la racionalidad, sino también en la espiritualidad, han tenido un vínculo intenso con determinados lugares del planeta, un telurismo que ha dotado de preeminencia los espacios erigidos en ellos por las sucesivas generaciones, de acuerdo con la corriente mística o religiosa imperante, de manera que donde antaño se alzaba un sitio de culto prehistórico, hogaño se alza un templo pío. Pero el materialismo de grotesca inanidad no ha desperdiciado su oportunidad de ir posicionándose hasta instaurarse esa fuerza del uso reiterado, lo que explica que la venta de la afamada lotería de Navidad coincida con las vacaciones estivales, bajo la excusa del efecto multiplicador de los desplazamientos, cuando todavía queda medio año para el sorteo. O, si es usted, curtido lector, de los que frecuentan supermercados para abarrotar baldas de despensas y frigoríficos domiciliarios, habrá percibido que la disponibilidad adquisitiva de turrones y polvorones prosigue su tendencia anticipativa, y frisa los albores del mes de octubre, mientras seguimos vistiendo manga corta y bebiendo agua refrigerada. Por gentileza del colonialismo anglosajón, no conforme con conquistar el empleo de la unificación idiomática o parasitar lenguas maternas, se ha logrado, mediante paciente siembra migrante, que germine Halloween (su versión, claro está) en cada rincón del mundo, tanto que algunas escuelas católicas han reaccionado de un modo curioso. Lo ideal (utópica idealidad) habría sido ignorar la festividad y jolgorio invasivo y foráneo, propio de una cultura ajena; sin embargo, como el niño ateo o inmaduro para comprender su posición de comulgante ha de celebrar su Primera Comunión para recibir los regalitos de los invitados, al objeto de no ser menos que sus amiguitos y compañeros de clase, con el consecuente trauma que ello podría acarrearle; las escuelas católicas (algunas) han preferido combatir el derrame con la celebración de los santos (literal), del santoral, o sea. El propósito implica disfrazar a los pequeños de su santo venerado o representativo onomástico o, directamente, escogido por sus padres, y enlazar, por supuesto, con el pertinente festejo escolar, que es lo sugestivo del asunto.

Un despropósito, en opinión de quien suscribe, ha sido, meses atrás, el llevar a cabo los desfiles callejeros de Semana Santa en el arranque del otoño. En principio, ya se me antoja un despropósito carente de lógica el ver las calles de ciudades rebosantes de gentío durante los desfiles procesionales de Semana Santa, cuando las iglesias permanecen yermas de asistencia anual con las mismas imágenes resignadas a la inalterable estancia de sus pedestales. Empero, ver las calles de ciudades rebosantes de gentío durante desfiles procesionales de Semana Santa en el mes de septiembre u octubre resulta insuperable. La ausencia del contexto temporal, del ambiente primaveral de la estación, del peculiar aroma de los meses de marzo y abril, de la sintonía del sol naciente, creciente y poniente, de la influencia del plenilunio primitivo; la naturaleza del evento enfangada por la conveniencia comercial, por el fomento del gasto económico, velada por el rito devocional. Ni puede ser ni podrá ser, septiembre u octubre, la época adecuada para desfiles procesionales de Semana Santa.

Reconozco, en fin, que nunca ha sido práctica por mí frecuentada la de enviar postales navideñas para felicitar tales fiestas, aunque supondría el paradigma de esa tradición que sufre la alteración de los periodos vividos. La rápida proliferación de Internet, el afianzamiento de los mensajes instantáneos, con sus imágenes y composiciones prediseñadas y predeterminadas, han fulminado la vieja usanza de enviar postales navideñas a familiares, a amigos, a conocidos; el individualizado recuerdo, escrito a mano, caligrafía de tinta temblorosa o firme o cursiva o barroca o desaliñada o párvula o pericial, hacia esa persona que, en mayor o menor medida, se estima y se aprecia, en fechas tan señaladas. A lo largo de unos años, recibí de mi amigo y vecino de página el poeta Manuel Guerrero, impertérrito entonces ante los desafueros de las modas ordinarias, formalizada y personalizada serie de postales navideñas, la cuales conservo con afecto, diseminadas por entre las páginas de sus obras que encabezan los anaqueles de mi biblioteca. A través de estas líneas, me serviré el trasladarle mi gratitud pública y la confianza de que continuaría guardándolas con idéntico valor, si se decidiera o se animara a recuperar el hábito. Por ello fue una sorpresiva alegría de las pasadas Navidades el sostener y leer la postal de otro buen amigo, el historiador José Manuel Valle, para preservarla como similar correspondencia; porque siempre hay tradiciones cuya integridad merece la pena mantener.