Opiniones

"El Periódico digital para el sur de Córdoba"

La infancia de cristal

Pasado de largo el periodo estival, las merecidas vacaciones y los largos y días, con sus distendidos horarios y sus infinitas posibilidades de disfrute, nos encontramos de nuevo ante las inevitables obligaciones laborales y académicas, no sólo para los esforzados adultos, sino también para nuestros más pequeños, que vuelven a comprobar cómo su ocio se diluye entre infinitas actividades extraescolares que complementan objetivos educativos cada vez mayores.

Cierto es que ante tanta exigencia y presión, los más pequeños merecen de cuando en cuando un periodo de distensión que les permita durante meses volver a ser niños,  entregarse a sus preferencias naturales y recuperar la inocencia ajena al estrés de los mayores. Curiosamente, estos días con sus cambios de horario, de libertad y entrega hacia los propios intereses infantiles, han sido un tiempo idóneo para que usted, como padre o madre, compruebe si su hijo se está desarrollando adecuadamente para ser un feliz y adaptado ciudadano. ¿Quién no habrá oído repetidas veces un me abuuuuurro alargando las vocales hasta el infinito, ha observado síntomas de nerviosismo por no saber qué hacer o se ha preocupado por las sesiones maratonianas de televisión, por no hablar de la querencia casi compulsiva por la tableta?

No nos engañemos: Nuestros hijos están ocupados y, hasta cierto punto, satisfechos en sus necesidades primarias, pero ¿es realmente este modo de vida el mejor para hacer niños felices? Parece como si existiese un acuciante peligro por dejar algún hueco libre, como si el gran enemigo de la infancia fuese que gestionasen su propio tiempo, en la creencia de que el tiempo libre es un abismo de riesgos y maldades.

Seguramente usted ha intercambiado con su entorno la observación de que los niños ya no disfrutan de estar con los amigos –a veces, porque no tienen tiempo; otras, porque simplemente no saben hacerlo-. La propia calle, el estar solos entre sus iguales, se ha convertido en una situación impensable para los padres, acuciados por las múltiples noticias de atropellos, de secuestros, de agresiones a la infancia que, si nos paramos a pensarlo detenidamente, son raras excepciones magnificadas por los medios de comunicación. De las actuales contingencias socioeconómicas, se deriva la conciencia de sobreprotección hacia los niños y, entre los principales signos de nuestro cuidado, el impedir que se aburran y se frustren parece un objetivo prioritario. Pero ¿qué ocurrirá cuando sean adultos y no tengan remedio para el aburrimiento que supone esperar durante un buen rato en la cola de una administración; qué harán nuestros hijos cuando los objetivos no se cumplan a corto plazo, cuando el fracaso llegue a algunas de sus metas, cuando sea necesario poner en juego la tolerancia a la frustración?

El entorno económico que, obviamente, tiene consecuencias en lo personal y en lo social, fomenta esta sobreprotección parental, la Infancia de Cristal en la que hay que evitar a toda costa cualquier estado de incomodidad o peligro en el niño. Creada esta necesidad de protegerlo contra cualquier mal, surge la compulsiva compra de elementos de protección para evitar cualquier atisbo de dificultad, de tristeza o de aburrimiento. Como resultado, asistimos a la desagradable visión de generaciones de padres convencidos en adquirir lo que sea necesario para que sus ancestros no sufran, no se aburran, no se enfrenten a peligros... cuando, en realidad, lo que están haciendo es negarles la posibilidad de prepararse para la adultez. Por supuesto, esto no supone ningún problema para las grandes corporaciones ni para nuestro modus vivendi económico: llegados a esa edad, se les ofrecerán otro tipo de productos para superar sus carencias: páginas de contactos, objetos para saciar sus más bajos instintos de forma inmediata, psicofármacos contra la melancolía, consolas para evitar cualquier tiempo muerto en el que, por cierto, tendríamos tiempo para pensar y reflexionar, sustancias para desconectarnos del mundo o profesores particulares para no tener que hacernos cargo de nuestros hijos. Todo ello, para mantener nuestro estado de aletargamiento intelectual y para sostener el sistema neoliberal basado en el crecimiento económico.

Puede que no sea algo orquestado, sino más bien fruto de la selección natural. Lo que no podemos negar es que el hecho de que los niños jueguen el parque por la tarde, estén en contacto con la naturaleza, pasen el rato con sus hermanos o primos leyendo un libro de la biblioteca y arreglándoselas con pocos juguetes no mantiene -según los grandes gurús de la economía- nuestro actual sistema. No es lucrativo para nadie. ¿Qué beneficio puede obtenerse cuando un adulto permanece sano, se siente bien consigo mismo, es reflexivo, activo y plenamente realizado sin necesidad de estar consumiendo continuamente?

En cualquier caso, si usted llega a la misma conclusión que quien escribe estas líneas,  permítame una recomendación: no la comparta con su entorno. No vaya a ser que lo acusen de ir en contra del bienestar de todos. Es mejor seguir gastando todo su dinero en mantener un niño consumista y ocupado. A fin de cuentas, o eso hay que decir, consumir mucho fomenta la creación de empleo y desarrollo, manteniendo nuestro estado de bienestar, aunque sus consecuencias sean profundamente adversas en lo personal. ¿Pero qué importancia puede tener eso? Seguro que existe en el mercado algún producto para solucionarlo.