Opiniones

"El Periódico digital para el sur de Córdoba"

La calor

Aprieta la calor y bien. Ya al final de la primavera vivimos también unos calores impropios de la época, ya que en pleno verano se suponen normales. No obstante, es una prueba más de que el cambio climático no es ningún invento de un puñado de ultraecologistas.

Y digo la calor, con el artículo en femenino porque en el sur hablamos así cuando las temperaturas son muy altas. Y cuando lo son menos usamos el masculino. No buscad ninguna connotación de género humano, que las pieles están muy finas y expuestas al sol se queman con tanta facilidad como peligro tienen.

Bueno, la cuestión es que el asunto del verano y la calor me llevan irremediablemente a bucear, sin pretenderlo, en mi memoria y casi siempre confluyen en mi época más infantil, la cual, para mi desgracia pasó hace mucho tiempo.

Aquellos veranos me parecían eternos, está claro que la percepción del tiempo cambia conforme vas cumpliendo años, y daba para dedicarlos a muchas cosas típicas de la época y dejando completamente atrás los rigores propios del colegio. Ahora cuando veo que a los niños se les complementa en verano con clases para que no ‘pierdan’ lo aprendido me digo: pues yo no repasaba nada en vacaciones y llegué donde me propuse sin trauma alguno; además que lo que se aprende de niño no se olvida fácilmente si lo aprendes de verdad, son como esponjas.

La cuestión es que mis recuerdos viajan a la calle Nueva donde viví mi niñez, y entre ellos revivo los días de piscina en el recién abierto Parque Sindical, ya que mi padre trabajó en la enfermería de allí, con lo que pasaba muchas horas de ocio refrescante, y digo refrescante porque el agua de las piscinas estaba verdaderamente fría. Antonio Arroyo, que se encargaba del mantenimiento se reía cuando nos quejábamos de eso, y decía siempre con su buen humor aquello de ‘pues esta noche le he echado un par de ollas de agua hirviendo’. Para la gente joven, por entonces el agua de esas piscinas, y de todas las públicas de Cabra, se reponía constantemente de agua nueva, y se vaciaban por completo con periodicidad para una limpieza profunda. Igual lo recuerdo en el Baño San Juan, donde ya de adolescente era asiduo de esa entrañable piscina que, como decía su eslogan, tenía un ambiente familiar y sencillo.

Esos días de niño en el Parque era tiempo para hacer amigos nuevos, recuerdo, porque su padre era el gerente, a los Moñiz, y sobre todo al menor y recordado Rafa, buena gente en esencia con quien luego coincidí en el instituto y que nos dejó no hace muchos años. Y a Luis Fernández, otra buena persona como toda su familia, este nos dejó demasiado pronto y con quien coincidía porque su padre, D. Juan Bautista, nos subía en el Mehari naranja descapotable para hacerle el relevo al mío. Era enriquecedor conocer a gente de otros colegios, y la verdad es que nos lo pasábamos muy bien. También recuerdo las tertulias en el Botiquín con los que estaban allí empleados, como los ya citados y Gómez del Moral, Concha Mesa, algún socorrista que se unía…, tiempo de copa de vino, tomate con sal y charla con risas. Y yo allí haciendo algo que creo que se me da bien, escuchar y aprender. Vivencias que van contigo siempre. Hoy todo aquello ha cambiado tanto…

Los días de agosto que no me iba al Parque eran para compartir con los chiquillos de la calle Nueva, y también con los de Santa Lucía, porque era la época de las estampas de futbolistas. Yo no era aficionado a completar un álbum, la verdad es que no soy dado al coleccionismo, pero me encantaba tener los últimos fichajes, y lo que más era jugar a apostarlos, sobre todo a los montones, y quien eligiera el montón en cuya parte de abajo tenía el futbolista con el nombre más largo, ganaba. Uno de los montones quedaba desierto y era el de la banca, que era quien tuviera estampas suficientes para soportar las apuestas. También jugábamos con los futbolistas a picar, donde a cada uno le tocaba uno y apostaba, a veces yendo de farol. También a montarlos, donde a una altura de un metro o así colocábamos la estampa y la dejábamos caer, y cuando una montara a otra de las que habían caído las ganabas todas.

Tardes de calor, no había siesta o era muy pequeña, y nos salíamos a la calle donde rápidamente buscábamos el fresco en el portal de Consuelo, quien vivía en una casa con una enorme entrada adornada de macetones y que por sus grandes muros mantenía un ambiente muchísimo más agradable que el de la calle, y con una penumbra especial. Tenía un escalón a mitad que era el preferido para, sentados en el suelo, servirnos de mesa de juego. Esa agradable mujer nos dejaba estar allí, y no le molestaba el jaleíllo que pudiéramos armar la chiquillería, que no era mucho porque ya nos cuidábamos de no perder ese magnífico lugar.

Cuando se mitigaban las calores, una vez que atardecía, también cogíamos las bicis y nos dábamos unas vueltas por el pueblo. Y por la noche era momento de coger grillos, que entonces había muchos por las calles, de jugar al fútbol o a las bolas, canicas para que se me entienda, que entre la empedrada calle de entonces era apasionante jugar a chocarlas o acercarnos tanto como con tu mano tensamente extendida pudiera llegar a tocarlas, para así ganarla. Las niñas, mientras, jugaban a la comba, a la goma, al corro, y nosotros nos metíamos a veces en sus juegos para fastidiarlas un poco. La inclusión era poca, la verdad, los roles del niño y de la niña estaban demasiado marcados, como mucho jugábamos al escondite juntos, o a matar, incluso al pañuelito. Y entre tanto, las personas mayores se sentaban en las puertas de sus casas, con sus sillas, sus abanicos y sus charlas buscando el fresco. También esto ha cambiado tanto…

Y alto y claro digo una cosa, no cambiaría mi infancia por la de los niños de ahora.