Opiniones

"El Periódico digital para el sur de Córdoba"

Cuatro patas para un banco… o no

Difícil se me hace escribir algo dejando de lado los hechos para centrarme solo en una opinión personal, ya que corro el riesgo de que, al no ser un escrito informativo, sino un escrito opinativo, los lectores piensen que les importa un bledo mis opiniones y ni se molesten en leerme. Y ¿por qué digo esto? Voy a intentar explicarme.

Pongamos un artículo que titulo así: Cuatro patas para un banco. Pues bien, a partir de ahora todo lo que leáis en letra cursiva no está escrito por mí, sino hecho por una Inteligencia Artificial (IA).

Lo que hoy sucede en Venezuela, Irán, Gaza y España dibuja un mapa de un mundo en crisis donde la fuerza bruta sigue sustituyendo a la política, pero también donde se abren grietas por las que podría colarse alguna forma de reconstrucción.

Como introducción no me digáis que no colaría que la hubiera tecleado yo. Sigamos con la primera pata del banco.

 En Venezuela, la caída abrupta de Maduro a manos de Estados Unidos no ha inaugurado todavía una transición democrática, sino una fase confusa en la que un régimen autoritario descabezado convive con una oposición reforzada, mientras Washington intenta jugar a ingeniero de naciones sin renunciar a sus propios intereses energéticos y de seguridad. La estructura de poder chavista, debilitada pero intacta, se resiste a desaparecer, y figuras como Edmundo González y María Corina Machado se enfrentan a la paradoja de tener una oportunidad histórica en el peor posible contexto: un país con un tejido institucional devastado, grupos armados formales e informales incrustados en el Estado y una economía que sobrevive entre la hiperinflación y la cripto‑dolarización de emergencia. Desde un lado del espectro, se reprocha a Estados Unidos que haya sustituido el lenguaje del derecho internacional por la lógica del “secuestro” presidencial; desde el otro, se ve en la operación una ocasión única para liquidar un proyecto autoritario que llevaba años hundiendo al país. En este choque de narrativas, Venezuela corre el riesgo de pasar de ser laboratorio de autoritarismo a convertirse en un campo de prueba para una reconstrucción condicionada por actores externos, donde la democracia puede acabar siendo una variable subordinada al precio del petróleo y a la estabilidad regional.​

Increíble, ¿verdad? Pues eso, lo anterior y lo que viene después, se ha hecho en un periodo de tiempo mínimo, no llega ni al medio minuto. No soy yo, yo no opino de nada, pero la IA se encarga de darle al escrito sobre varios países un aspecto de artículo de opinión que fue lo que yo le mandé.

Irán aparece como un escenario donde la actualidad ya no puede entenderse sin mirar a las mujeres que desafían a diario al régimen en las calles, en las aulas y en las redes. Desde la muerte de Mahsa Amini en 2022 y el estallido del movimiento “Mujer, Vida, Libertad”, quitarse el velo o llevarlo a medias se ha convertido en un gesto político que desborda con mucho la cuestión del código de vestimenta: es un plebiscito cotidiano sobre la legitimidad de la República Islámica. Aunque el Gobierno ha frenado o suavizado por momentos las leyes más duras sobre el hiyab, el velo sigue siendo obligatorio y la respuesta estatal combina vigilancia con drones y reconocimiento facial, detenciones arbitrarias, azotes, largas penas de prisión e incluso condenas a muerte contra activistas y artistas. Sin embargo, esa represión no ha conseguido restaurar el miedo original: las imágenes de mujeres quemando el hiyab, caminando con la cabeza descubierta o liderando protestas muestran un cambio social que el régimen percibe como amenaza existencial y que, a comienzos de 2026, mantiene abierta la posibilidad de un nuevo ciclo de movilización.

Ahora tocaba Irán, y ya ven ustedes, a partir de ahora lo de los artículos, o son muy personales o vamos a tener que poner en duda quién los ha escrito. El tonto más tonto ya no solo va a ser ‘influencer’, va a poder parecer que no lo es. Así está el patio. Pero vamos a seguir.

Gaza encarna, quizá como ningún otro lugar, la pregunta más incómoda de este comienzo de año: qué significa hablar de paz cuando casi no queda nada en pie. Tras el alto el fuego y el plan en veinte puntos que prometía una nueva arquitectura de seguridad, gobernanza e inversión internacional, lo que domina hoy es la sensación de que la “reconstrucción” puede convertirse en un eslogan hueco si no se abordan las raíces políticas del conflicto y la magnitud de la devastación. Con alrededor del 80% de las estructuras dañadas y barrios donde la destrucción roza el 90%, reconstruir Gaza no es simplemente levantar edificios, sino decidir quién manda, quién financia, quién entra y quién se queda fuera de ese futuro hipotético. Las propuestas que ven en el plan apoyado por Washington una oportunidad para redefinir el gobierno de la Franja chocan con el escepticismo de una población que lleva demasiado tiempo viendo cómo los grandes diseños internacionales se traducen, en su vida diaria, en más controles, más dependencias y más años de espera.​

Quien me conozca seguro que habrá notado que eso no sale de mi boca, yo no sería tan prudente a la hora de calificar lo que está ocurriendo en Gaza. Pero debo de reconocer que la IA construye con argumentos factibles.

España observa todo esto desde una posición ambivalente: a la vez espectadora, socia de las grandes potencias y país atravesado por sus propias fracturas internas. La crisis venezolana ha dejado de verse solo como el fracaso de un experimento político lejano para convertirse en un espejo incómodo donde se reflejan las divisiones de la política española, las tensiones en la relación con Estados Unidos y los debates sobre la legitimidad del uso de la fuerza más allá de las fronteras. Que el Gobierno subraye la ilegalidad de la intervención y ofrezca mediación mientras otros actores celebran la caída de Maduro como una victoria moral revela hasta qué punto Venezuela ha pasado a ser también un campo de batalla discursivo en España. Al mismo tiempo, el país afronta 2026 con unas perspectivas económicas algo mejores que la media europea, pero con un malestar de fondo ligado a la desigualdad, la productividad estancada y la sensación de que el crecimiento no se traduce en seguridad vital para amplias capas de la población.​

Bueno, aquí la prudente IA lo ha sido en demasía, pero es comprensible porque había que tratar cuatro patas, y España era la cuarta.

Si algo une estos cuatro escenarios es la tensión entre la promesa de transición y la inercia de estructuras que se resisten a morir. En conjunto, el inicio de 2026 muestra un mundo donde la crisis es la norma, pero también donde las decisiones que se tomen ahora —en Caracas, Teherán, Gaza y Madrid— pueden marcar durante años el sentido de palabras tan gastadas como transición, reconstrucción o democracia.​

Chimpún, así ha cerrado la IA el artículo, no está nada mal, ¿a que no? Pues ya ven, la perplejidad quizás es el estado en el que me deja este asunto. La verdad y la mentira se mezclan y me inquieta, no me lo puedo remediar. Eso sí, nunca escribí un artículo tan largo y rápido con este.