Ando en estos días de verano leyendo un poquito más, un propósito placentero que me ocupa parte de las siestas y primeras horas de la tarde, cuando estoy en casa y es casi imposible poner un pie en la calle, salvo por extrema necesidad, en este sur de Córdoba donde vivimos, sobrellevando la prolongada ola de calor.
Y entre las lecturas ando recuperando libros en formato digital que me habían pasado mi club de lectura de la biblioteca municipal de Lucena. También intercalo libros en formato de papel que me habían regalado y había almacenado en casa en estos últimos meses aguardando su momento vacacional, entre la lista de sugerencias y tareas ociosas pendientes.
Los libros siempre suman, nos transmiten conocimientos, despiertan nuestros sentimientos, nos hacen comprender sensaciones, aquello que nos pasaba o sentimos y no habíamos etiquetado con palabras o lógica.
La lectura es una tarea independiente, que requiere conocer un código de formas y sonidos, descifrar un vocabulario, entender lo que se ve y escucha, lo que se sugiere entre líneas. Nos exige la máxima concentración, un tiempo con nosotros mismos, un ritmo, una velocidad... Todo ello para conectar nuestros sentidos con esas páginas, con su contenido y aislarnos del mundanal ruido, que nos rodea.
Leer te da la posibilidad de inmiscuirte en otras vidas, de viajar a otros mundos y sus posibles realidades diversas. La lectura es el medio para despertar y mantener en efervescencia la imaginación de grandes, medianos y pequeños.
Cada edad tiene sus propias lecturas, sus inquietudes, sus estilos, sus autores, con sus novedades o sus modas. Lógicamente tenemos la posibilidad de rescatar las obras clásicas empolvadas de casa, entre lustrosos tomos de enciclopedias, ya casi en desuso. O recurrir a las bibliotecas virtuales en Internet públicas y privadas, para recopilar autores muy variados del pasado. Sin descartar las bibliotecas de nuestros pueblos, siempre actualizadas que nos proponen obras de todo tipo, presentaciones de autores o lecturas infinitas que nos hacen comprender el presente, porque el ser humanos es cíclico y la vida recurrente.
Reconozco que tengo cierta aversión a los audios libros, me resulta extraño centrarme en una historia narrada por esa voz “casi siempre femenina robotizada”, mientras hago, voy y vengo. Pero reconozco en los audio-historias su énfasis y valor expresivo, así como las ventajas de los mismos para las personas que quieran oírlos por su versatilidad en el tiempo y espacio, mientras realizan otras tareas o hacen deporte. Los audiolibros suponen una gran ayuda técnica para las personas con necesidades por dificultades visuales, cognitivas, etc.
Siempre me es curioso encontrar lectores en los rincones más recónditos y ruidosos de este universo. Su capacidad para aislarse en los transportes públicos, en las grandes estaciones de bus, de tren o metro, rodeados de multitudes y engullidos por sus soportes escritos. Aunque esta imagen cada día tiene que competir más con nuestros teléfonos móviles, que siempre nos acompañan, con sus imágenes, vídeos, grabaciones e inmediatez comunicativa...
Leer es conocer, aprender, conectar con otras culturas y con nosotros mismos. La lectura es una necesidad emocional insaciable, curiosa, que mantiene nuestro cerebro joven, nuestra mente activa y entretenida. Sin descartar su poder dialectico, al poder hablar y compartir con otras personas lectoras "nuestro humilde parecer" sobre un libro, un autor/a o una saga.
Ahora he terminado un libro muy corto titulado “El accidente” de la autora Blanca Lacasa. Me lo dejó en la mesa de trabajo una compañera en los últimos días de curro, entre los papeles que había que acabar, entre conversaciones cotidianas y mudanzas de trabajo, proyectando las vacaciones, charlando de nuestras cosas, un detalle imprevisto, que agradezco de corazón.
El accidente se lee con rapidez, salvo que decidas detenerte en sus palabras y mensajes, subrayar y releer sus párrafos. Meditar sobre los silencios que habitan en las relaciones humanas, sus intríngulis entre hombres y mujeres, entre parejas de igual o de otro sexo, en lo que se dice, se calla, se siente, esas velocidades acompasadas y desajustadas entre personas. Esos silencios que tanto dicen, que tanto nos marcan, que nos permiten, nos prohíben y nos definen.







