¿Cómo puede sostenerse la idea de una educación ajena a lo político?
¿Cómo se puede pedir que la educación no esté politizada cuando el acceso y la continuidad en los estudios de miles de jóvenes dependen, en gran medida, de becas y recursos públicos?
¿Cómo se puede pedir que la educación no esté politizada cuando más de la mitad de la juventud española afronta problemas de salud mental cuya prevención y atención están condicionadas por las políticas públicas y las decisiones presupuestarias?
¿Cómo se puede pedir que la educación no esté politizada cuando el futuro de los jóvenes está directamente vinculado al mercado laboral, a la existencia de salarios dignos y a la posibilidad real de acceder a una vivienda que permita su emancipación?
¿Cómo se puede pedir que la educación no esté politizada cuando persisten discursos que cuestionan o niegan problemáticas tan graves como la violencia de género, que afecta diariamente a miles de jóvenes?
¿Cómo se puede pedir que la educación no esté politizada cuando parte del alumnado sufre actitudes discriminatorias o racistas, en un contexto en el que los discursos de odio encuentran eco y se difunden desde espacios de representación política?
¿Cómo se puede pedir que la educación no esté politizada cuando su calidad depende, en gran medida, de las decisiones políticas en materia de inversión, recursos y prioridades del sistema educativo?
¿Cómo se puede pedir que la educación no esté politizada cuando muchos jóvenes ven condicionada su capacidad de aprendizaje por situaciones de precariedad y desigualdad que afectan directamente a sus entornos familiares?
¿Cómo se puede afirmar que la educación debe ser neutral, cuando la única forma de transformar la realidad social de tantos jóvenes se impulsa desde el propio proceso educativo, desde la comprensión del mundo y el análisis de sus desigualdades, y desde la adquisición de herramientas para transformarlo?







