Manuel Guerrero Cabrera
Parece que esta semana Santa no va a llegar nunca.
Lo de que caiga tan tarde no me está sentando bien; especialmente, porque seguidamente están las fiestas aracelitanas y, luego, la fiesta democrática. Quiero decir que con unas elecciones tan cercanas, temo que se politice la semana Santa más de lo necesario. Especialmente, en estos momentos que cada partido tiene una visión diferente de su ciudad y, si lo planteamos lo más objetivamente posible, no podemos sino acordarnos de una de las frases más celebres de Poncio Pilato: Quid is veritas? Cuando pienso en ello, no me vienen las ganas de semana Santa, pero me conozco bien y sé que el domingo de Ramos volveré a sentirme como un niño bajo el cielo azul de la infancia.
De todos modos, llevo varios años comenzando la semana Santa por la mañana fuera de mi pueblo, Lucena, unas veces por circunstancias, otras por impaciencia; pero por la tarde hago lo posible por oír el torralbo y contemplar la santería y el encendido de velas de la Pollinita, que es lo que más me atrae del domingo más brillante lucentino. Precisamente, por la experiencia, animo a mis amistades a que viajen a otros pueblos, como vengo haciendo desde hace algunos años; no porque me guste más una u otra, sino porque me fascina la diversidad de expresión del mismo sentimiento religioso y popular.
Me gustaría ser exhaustivo y comentar con detalles qué he visto en mis distintas visitas, pero mucho menos quisiera ser pesado. Lejos de hacer una suerte de guía de recomendaciones, día por día y paso por paso, escribiré sobre momentos y procesiones que destaco. Por supuesto, comprendo que cada persona lectora tenga otras motivaciones u otras sugerencias. Cada uno siga siendo cada uno y tiene sus «cadaunadas».
El domingo Ramos por la mañana es una buena idea comenzar con la Pollinita de Cabra, sobre todo, porque el conjunto imaginero lo merece. Es la cuarta iconografía de Jesús en Su entrada en Jerusalén más antigua de España (1773) y, por ello, interesante en lo artístico.
Por la tarde, como ya he comentado antes, no me gusta perderme el torralbo (la corneta que anuncia el paso), la santería y el encendido de velas de la Pollinita en Lucena. Esto último es muy curioso, ya que detienen la procesión para bajar el trono al suelo y una por una encienden todas las velas del paso; es decir, en lugar de utilizar los métodos modernos para el caso, optan por hacerlo como lo hacen desde su fundación en 1928, lo que le da mucho encanto, a mi parecer.
El martes Santo, sin duda, me quedo en Lucena. La procesión de la Archicofradía del Carmen es toda una sorpresa para los que gustan del Arte: la Pollinita, la tercera más antigua de España (de Diego Márquez Vega y Luis Tibao, 1769-1778), el Cristo de la Humildad (del círculo de Mena, siglo XVII) y la Virgen de los Dolores (siglo XVII). Junto a ella, las cofradías de San Mateo, sobre todo, el Cristo del Amor (Alonso Cano y Andrés Cordón, siglos XVII y XIX).
El jueves Santo tiene uno de los pasos imprescindibles de la Subbética: la Columna de Pedro Roldán, en Lucena. Para mí la Columna es el espíritu santero de Lucena y a ello contribuye su forma de procesionarse (desde la salida), el torralbo y el ambiente que hay en torno a este sobresaliente Cristo de escuela sevillana. También en Lucena, quiero destacar la originalidad de la Santa Fe, iconografía rarísima en la semana Santa, y el genial San Pedro del Lavatorio (Pedro de Mena, siglo XVII).
Para el viernes Santo, ojalá pudiéramos tener el don de la ubicuidad. En Cabra, merece la pena madrugar para el Señor de la Humildad (siglo XVII), y, en Lucena, para el Nazareno (siglo XVI), destacando el miserere, el perdón y la bendición de la Plaza Nueva a las ocho. Algo más tarde, no dudaría en desplazarme hasta Priego con un hornazo y recibir la bendición del Nazareno (atribuido a Pablo de Rojas, siglo XVII) en el Calvario. Por la tarde, no dudaría en asistir a la salida de Nuestra Señora de las Angustias (siglo XVII) en Cabra.
El sábado por la mañana, otro de los pasos imprescindibles: la Soledad (atribuida a Pedro de Mena, siglo XVII) de Cabra, donde la belleza, la calidad y la estética artística de la imagen es destacadísima. Y, por la tarde, a rematar la semana con el Paso en Iznájar.
Aún tengo mucho por conocer (me han recomendado la Pascua de los Moraos de Carcabuey y el Abuelito de Rute) e insisto en que lo anterior está escrito según lo que conozco. No se trata de una semana Santa mejor o peor en un lado o en otro, sino de las diferencias notorias que hallamos en pocos kilómetros de una misma expresión. Por eso, si le mueve la religión, o no, visite los pueblos, contemple sus procesiones y reflexione sobre lo vivido; porque la semana Santa año tras año puede ser siempre igual, pero no lo mismo.
Manuel Guerrero Cabrera
Poeta y filólogo
















